Un cuento de chantajes, cuerdas y mordazas
El mensaje “Ya sabes lo que tienes que hacer.” Eso era todo lo que decía el email, pero venía con el peso extra de las fotos: las que yo quería evitar a toda costa. Fotos mías. Reveladoras. No solo por lo que mostraban, sino por lo que implicaban: que alguien había mirado donde no debía, cuando no estaba yo. Que mi vida privada ya no era privada, solo era material en espera de una respuesta. Y lo peor… lo peor es que era mi jefe. El pervertido de mi jefe. El hombre que en la oficina hablaba como si el mundo fuera simple, como si todo se arreglara con una sonrisa y una frase bien colocada. El mismo que, desde hace tiempo, se me quedaba cerca cuando no tocaba; el mismo que se permitía insinuaciones tan largas que mi cabeza empezaba a inventarse excusas para no sentir miedo. Yo lo rechacé siempre. Hasta que, claro, llegó el día en que rechazar no fue suficiente. Porque él no apareció de la nada. Se ...