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Mi primera gran aventura atándome yo sola

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La libertad de explorar Vivir sola por primera vez fue sentir que el mundo ya no tenía ojos… y mi imaginación, como era de esperar, sí. Mi habitación, en cambio, parecía conocerme demasiado bien. Bastaba con cerrar la puerta para que me bajara las defensas… y mi cerebro de damisela en apuros se ponía a escribir escenas como si fuera temporada nueva. Eso sí, esta no fue la primera vez que me ataba yo solita. La primera vez fue en la adolescencia: poco espacio, poco tiempo a solas y mucha vergüenza por si alguien me descubría. Era una combinación explosiva de nervios y emoción… del tipo “solo serán unos segundos”, porque mi orgullo duraba menos que el mecanismo del susto. Y las veces con mis amigas no cuentan, pues, porque estaba con mis amigas. Obvio. Y sí, la universidad me cambió el ritmo. Ya no era “ocultar” lo que quería explorar; ahora era “elegir cuándo existo” dentro de mi propio tiempo. La residencia tenía su magia de pasillo, su logística de horarios y ese ambiente de “todos es...