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Mostrando las entradas con la etiqueta bondage

Fantasías en el café: cuando mi mente se fue demasiado lejos

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La tarde de café que se convirtió en otra cosa "La tierra llamando a Gaby, cambio." La voz de Claudia me sacó del trance. Mis ojos se desprendieron de la furgoneta blanca que observaba al otro lado de la ventana y se enfocaron en su cara, que me miraba con esa combinación de recriminación y diversión que solo los buenos amigos dominan.  "Ay, perdóname," murmuré, sintiéndome culpable de inmediato. "Cuéntame, soy todo oídos." Claudia puso los ojos en blanco de una manera que decía no me vengas con eso. "Gaby, en serio. Últimamente te pasas en otra galaxia. Dime, ¿Qué está pasando dentro de esa cabecita loquita tuya?" Tomó un sorbo de café—ustedes saben ese tipo de sorbo cómplice—y me observó por encima de la taza con esos ojos que me leen como un libro abierto. Me sentí descubierta. Y yo no me atrevía a decirle simplemente la verdad. ¿Cómo iba a soltar “Ay amiga, estoy fantaseando con cosas que probablemente te escandalizarían”? Así que hice lo que...

Relatos de clóset

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Yo intentando convencerlo de que las ataduras eran “totalmente normales” Supongo que muchos de ustedes habrán leído relatos donde la gente “sale del clóset”. Bueno… ese no fue mi caso, no hubo salida. Hubo entrada. Y con puerta de por medio. Sí: me metieron en el clóset. Literal. Y, aunque suene exagerado, lo más irónico es que yo misma había empezado todo con la misma energía de siempre: la de “yo estoy segura de que esto te va a encantar”. Por esos días yo ya estaba intentando explicarle que lo mío con el bondage no era una ocurrencia pasajera. Yo quería convencerlo de que me gustaban las ataduras. Totalmente normal, totalmente lógico, totalmente… “¿por qué pones esa cara?”. Pero él no me la ponía fácil. ¿Resultado? Que no se me quitó “la locura”. Al contrario: se me fue acumulando hasta que una noche hizo “boom”. Plan romántico con sorpresa: terminó mal (o mejor dicho: terminó distinto) Esa noche había planeado un gran momento. Mi lógica: cuando me pongo lencería, él monta un drama ...

Un cuento de chantajes, cuerdas y mordazas

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El mensaje   “Ya sabes lo que tienes que hacer.” Eso era todo lo que decía el email, pero venía con el peso extra de las fotos: las que yo quería evitar a toda costa. Fotos mías. Reveladoras. No solo por lo que mostraban, sino por lo que implicaban: que alguien había mirado donde no debía, cuando no estaba yo. Que mi vida privada ya no era privada, solo era material en espera de una respuesta. Y lo peor… lo peor es que era mi jefe. El pervertido de mi jefe. El hombre que en la oficina hablaba como si el mundo fuera simple, como si todo se arreglara con una sonrisa y una frase bien colocada. El mismo que, desde hace tiempo, se me quedaba cerca cuando no tocaba; el mismo que se permitía insinuaciones tan largas que mi cabeza empezaba a inventarse excusas para no sentir miedo. Yo lo rechacé siempre. Hasta que, claro, llegó el día en que rechazar no fue suficiente. Porque él no apareció de la nada. Se ...

Lo que encontré en el Barrio Rojo de Ámsterdam (y no era lo que esperaba)

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Yo quería museos. Ellos querían el Barrio Rojo Al poco tiempo de graduarme de ingeniera comenzó mi vida de viajera, más que todo por trabajo. Mis amigos, que me quieren mucho, siempre me sueltan el clásico: “ay, qué bueno, debe ser lindo”. Y lo es… hasta que el viaje se pone en modo repetición y se convierte en trámite: maleta, aeropuertos y horas que pesan. Yo ya no cuento destinos: cuento revisiones de seguridad, cambios de puerta y asientos. Pero ese era mi primer viaje a los Países Bajos, y como toda novata, andaba emocionada… aunque llevaba tanto tiempo sentada en ese avión que pensaba que iba a necesitar un marcador para devolverme la línea del… bueno, la que se me quedó pegada a ese asiento. Ustedes me entienden. Llegué a Ámsterdam con una lista mental de museos que visitar. Van Gogh, Rembrandt, el Rijksmuseum. Todo muy culto, todo muy yo. El evento al que asistía era técnico, con gente de todo el...