Fantasías en el café: cuando mi mente se fue demasiado lejos

La tarde de café que se convirtió en otra cosa

"La tierra llamando a Gaby, cambio."

La voz de Claudia me sacó del trance. Mis ojos se desprendieron de la furgoneta blanca que observaba al otro lado de la ventana y se enfocaron en su cara, que me miraba con esa combinación de recriminación y diversión que solo los buenos amigos dominan.

Gaby mira distraída una furgoneta desde una cafetería mientras Claudia continúa conversando con ella.

 "Ay, perdóname," murmuré, sintiéndome culpable de inmediato. "Cuéntame, soy todo oídos."

Claudia puso los ojos en blanco de una manera que decía no me vengas con eso. "Gaby, en serio. Últimamente te pasas en otra galaxia. Dime, ¿Qué está pasando dentro de esa cabecita loquita tuya?" Tomó un sorbo de café—ustedes saben ese tipo de sorbo cómplice—y me observó por encima de la taza con esos ojos que me leen como un libro abierto. Me sentí descubierta.

Y yo no me atrevía a decirle simplemente la verdad. ¿Cómo iba a soltar “Ay amiga, estoy fantaseando con cosas que probablemente te escandalizarían”? Así que hice lo que siempre hago cuando me atrapan en estos momentos: sonreí débilmente y solté una mentira.

“Nada, ya sabes cómo soy,” solté mientras el rubor me trepaba por el cuello. Porque nada dice “todo está bien” como ponerse roja como un tomate.

La verdad es que había estado rumiando una fantasía cada vez más vivida, más tentadora, más... bueno, ustedes ya saben el tipo de cosa que una no comparte ni siquiera con su mejor amiga.

Ella no conocía la otra versión de Gaby, la que ansiaba cosas que no debería querer. Lencería de encaje. Cuerdas. Mordazas. Cosas que hacían que mi cuerpo vibrase de una manera que no podía explicar en una conversación normal.

Y en ese momento, en ese café, esa otra versión de mí estaba completamente despierta.

La furgoneta que despertó mis fantasías

La furgoneta blanca —o van, ¿cómo le dicen ustedes?— que se acababa de aparcar afuera había desencadenado algo que llevaba semanas acechándome. La fantasía se materializó en un instante: yo, atada y amordazada en la parte trasera de ese vehículo, el movimiento del motor bajo mi cuerpo, la incertidumbre de hacia dónde me llevaban.

Mi cuerpo reaccionaba sin control. El corazón se me aceleraba. Las palmas de las manos sudaban. Podía sentir cada detalle: las cuerdas imaginarias alrededor de mis muñecas, la tela de la mordaza contra mis labios.

—Gaby, estás muy roja.

La voz de Claudia me atravesó como un cuchillo. Levanté los ojos y la encontré observándome con esa expresión inquisidora. No me había dado cuenta de que había estado mirando fijamente hacia la furgoneta.

—¿Qué? No, estoy bien. El café está muy caliente —mentí.

Claudia inclinó la cabeza, estudiándome. Ella sabía que mentía. Su silencio fue más penetrante que cualquier pregunta.

—¿Trabajo? —preguntó finalmente, con ese tono suave que usaba cuando ya sabía la respuesta.

—Sí, trabajo. Proyectos complicados.

Ella no sabe. No puede saber. Del cajón de mi cómoda lleno de… bueno. No debería saber. Y ahora no puedo apartar de mi mente ese sentimiento absurdo de que yo sé que ella sospecha que yo sé que ella sospecha. Mientras tanto, la furgoneta blanca me mira como si fuera mi cómplice.

Sentía que me estaba ahogando en público, y Claudia estaba viendo exactamente cómo.

Entre el café y la fantasía

Mientras Claudia me hablaba de su trabajo, yo estaba en otro lugar. La furgoneta blanca no se iba de mi cabeza.

Mi corazón acelerado, mis palmas sudando. Esas cuerdas apretadas en mis muñecas — tan reales que podría haber jurado sentirlas. Una mordaza en la boca, sofocando mis gritos.

Y entonces visualizo todo. Oscuridad. El motor ruge. Sus voces roncas:

—Mira cómo respira.

—Ya sabe lo que viene.

Las puertas se cierran. Estoy atada. Indefensa.

Y entonces... suelto un gemido.

¡Un gemido! Frente a mi amiga.

Claudia alza la vista de su café. Me estudia con esa expresión que dice más de lo que sus palabras podrían.

"Ok, ya dime en qué estás pensando", pregunta, con una sonrisa que indica que sabe que sé que ella sabe.

"No es nada, de verdad. Cuéntame más de tu viaje", dije, sin poder apartar los ojos de la furgoneta que se alejaba entre el tráfico.

Claudia no estaba convencida. Pero empezó a hablar de todas formas — del novio, de la playa, de cosas normales que la gente normal piensa cuando está tomando café en una tarde de jueves.

Mientras tanto, yo seguía atada en la oscuridad de esa furgoneta blanca, imaginaria pero real. Muy, muy real.

El baño, mi refugio momentáneo

"Tengo que ir al baño, ahora vuelvo". Murmuré la excusa a mi amiga, con el corazón acelerado mientras empujaba la silla hacia atrás. Ya no podía quedarme quieta, la necesidad de estar a solas con mis pensamientos me abrumaba. Cerré la puerta del baño tras de mí y me apoyé en las frías baldosas, respirando hondo para calmar mi acelerado corazón. Sentía un hormigueo en el cuerpo, la emoción de la fantasía seguía palpitando en mí.

«Vale, ya basta», me dije a mí misma. Cuando regresé a la mesa tuve que hacer un esfuerzo sobrehumano para mantenerme en la realidad y no seguir divagando en mis locas fantasías. Mi amiga seguía hablando, ajena a la agitación de mi cabeza. "En fin", continuó, “pasamos el fin de semana más increíble, y nunca me he sentido más unida a él”.

De vuelta a casa

Asentí con la cabeza mientras Claudia hablaba de su fin de semana. Por pura casualidad, recibí un mensaje de mi esposo: "Estoy en un atasco". La excusa perfecta.

"Ay amiga, tengo que irme", dije levantándome. "Mi esposo está atascado en el tráfico."

Claudia asintió, aunque sus ojos me estudiaban con esa desconfianza familiar. "Seguimos después. Llámame más tarde, ¿vale?"

"Claro", murmuré, con los pensamientos enredados en la telaraña de mi fantasía.

Recogí mis cosas y me dirigí hacia la puerta. El camino a casa fue borroso — y no por el tráfico, créanme. Las imágenes de la furgoneta, las cuerdas, la mordaza, se repetían en mi mente como un video en loop. Todo era tan real, tan visceral. (Y sí, estaba manejando. Responsabilidad adulta, ¿verdad?)

Cuando llegué a la puerta de mi casa, prácticamente temblaba de expectación.

Mi esposo aún no había llegado. Me dirigí directamente al dormitorio, al closet donde guardaba mi lencería de encaje, mis medias y, bueno sí, mis cuerdas y mordazas también.

Cuando mi esposo llegó a casa, yo ya lo estaba esperando en el dormitorio, con mi lencería más atrevida y unas cuerdas en la mano.

Él me miró.

Sonrió.

Y, para mi sorpresa, no hizo ninguna pregunta.

Creo que después de tantos años ya había aprendido que, cuando Gaby aparece así, lo mejor es simplemente seguirla.

Lo que pasó después consiguió sacar aquella furgoneta de mi cabeza durante un rato.

Solo durante un rato, claro.

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