Desperté en una habitación oscura, atada y en ropa interior
El despertar Todo empezó con el típico momento en el que te despiertas sin entender dónde estás. Ya saben, ese segundo en el que tu mente aún está apagada… pero tu cuerpo ya activó el modo “desorientación con presupuesto cero”. Abrí los ojos y lo único que vi fue oscuridad. Oscuridad de la que te hace dudar si tu cuarto tiene paredes o si estás dentro de una bolsa. Al cabo de un rato pude distinguir algo. Sí, había una habitación. Oscura. Húmeda. Y peligrosamente convincente. Intenté moverme. Pero todo quedó en eso, en un intento. Mis manos estaban juntas, detrás de mi espalda, como si estuviera… ¿atada? Y mis piernas también: quietas, unidas, en total solidaridad con mis manos. ¿Pero cómo? ¿Y por qué? Bueno… con cuerdas, obvio. Las podía sentir. Mi cerebro quizás estaba en pausa, pero mi piel sí sabía “leer” las señales. El porqué, en cambio, era un misterio para mí aturdida cabecita: yo estaba segura de que hoy tocaba otra cosa, tipo vida normal, café y algún plan medianamente sensat...