Desperté en una habitación oscura, atada y en ropa interior

El despertar

Todo empezó con el típico momento en el que te despiertas sin entender dónde estás. Ya saben, ese segundo en el que tu mente aún está apagada… pero tu cuerpo ya activó el modo “desorientación con presupuesto cero”.

Abrí los ojos y lo único que vi fue oscuridad. Oscuridad de la que te hace dudar si tu cuarto tiene paredes o si estás dentro de una bolsa.

Al cabo de un rato pude distinguir algo. Sí, había una habitación. Oscura. Húmeda. Y peligrosamente convincente.

Intenté moverme. Pero todo quedó en eso, en un intento.

Mis manos estaban juntas, detrás de mi espalda, como si estuviera… ¿atada? Y mis piernas también: quietas, unidas, en total solidaridad con mis manos. ¿Pero cómo? ¿Y por qué? Bueno… con cuerdas, obvio. Las podía sentir. Mi cerebro quizás estaba en pausa, pero mi piel sí sabía “leer” las señales.

El porqué, en cambio, era un misterio para mí aturdida cabecita: yo estaba segura de que hoy tocaba otra cosa, tipo vida normal, café y algún plan medianamente sensato. Pero no. Apareció este “evento especial” y algo—o alguien—al parecer tenía otros planes.

Y cuando intenté hablar, mi mandíbula se me negó. Entre mis labios había algo que impedía que yo soltara palabras decentes. Nada de frases claras. Nada de “¿alguien me puede ayudar?”. Solo sonidos que sonaban a un idioma que yo no sabía que podía hablar.

Lo comprobé cuando escuché un “mmmpphhh” en lugar de “¿qué está pasando aquí?”.

Traté de incorporarme. No pasó. Traté de girar la cabeza. Un poquito, lo justo para fastidiarme más. Traté de respirar bien. Sí, eso sí: respiraba, aunque eso no ayudaba mucho a aclarar mi situación.

En ese instante la brisa fría sobre mi piel le dio pistas a mi cerebro para llegar a una segunda conclusión: no solo estaba inmóvil… también estaba demasiado “no tengo memoria de haberme puesto esto… solamente”. Mi cerebro solo atinaba a preguntarse ¿Quién autorizó este des-vestuario?”.  Bueno, tampoco hay que exagerar. De verdad que mi lencería era linda, pero ese no era el punto.

Villano y heroína

Entonces mi mente hizo lo que hace siempre que no sabe qué hacer: empezó a rellenar los huecos con narrativa.

Primero fui a la teoría más lógica: “alguien me hizo esto”. Luego la segunda teoría, igual de lógica pero mucho más cinematográfica: “hay un villano… y yo voy a descubrirlo”.

El problema es que mientras yo pensaba en héroes y villanos, mi realidad era menos épica: yo, inmóvil, con frio, sin voz,  y con una incertidumbre que pesaba más que el sueño.

El tiempo se alargó como si el universo hubiera puesto pausa en el modo “aún no”. Mi mente se iba y volvía, como si alguien estuviera cambiando de canal sin consultarme.

Recordé la noche anterior... la cena con amigas... el restaurante... todo bien. Y entonces, un destello. En medio de la multitud… sentí esa mirada.

—Alguien me observaba —recordé—. Alguien me seguía. Mi villano, quien más si no.

Claro. Todo cobraba sentido, y mi imaginación no estaba nada interesada en desmentir la teoría recién formada. Me vi caminando… me vi escapando… me vi enfrentando cosas que no tenían cara pero tenían intención. Me transformé en heroína, en detective, en rebelde contra la opresión, en todo… menos en la más simple de las opciones.

Mi mente divagaba como un hada irresponsable: con mucha magia… y cero explicación.

Traté de calmarme con respiración. Técnicas de yoga, las de contar, inspirar, exhalar… las que te hacen creer que puedes controlar todo con disciplina y aire fresco. Funcionó en el sentido de que mi mente se volvió un poquito más ordenada. Pero no funcionó en el sentido de que seguía atada, amordazada por un villano que mi imaginación se negaba a revelarme.

Y entonces, como si el universo se hubiera acordado tarde de que yo merecía una respuesta, entró la luz.

Se hizo la luz

Abrí los ojos. Esta vez de verdad, verdad.

Un rayo se filtró por una pequeña ventana alta. La oscuridad se retiró de golpe, como si alguien hubiera cerrado una cortina mental. Lo que antes parecía amenaza empezó a verse como paredes. Lo que antes era misterio empezó a tener bordes, ángulos, nombres cotidianos.

La claridad me golpeó con la ternura cruel del reconocimiento:

Yo estaba en un cuarto de hotel.

Hotel, cama cómoda… sueño demasiado creativo.

—mmmpphhh. ¿Sigo soñando?

Y recordé.

No estaba dentro de una conspiración. No estaba en una película. No estaba en una distopía. Estaba en un cuarto real… y el verdadero giro no fue “descubrí quién me ató”, sino “descubrí por qué estoy actuando como si me hubieran secuestrado”.

Yo misma había creado toda esta situación. La noche anterior había estado jugando al selfbondage, atándome y amordazándome yo sola, y en algún momento me quedé dormida. Así que terminé montando mi propio thriller… con villano incluido, naturalmente: yo misma. No viene al caso explicarles cómo hice para atarme yo solita, la mordaza es más sencilla de explicar, pero tampoco los aburriré con esos detalles algo vergonzosos.

Sentí alivio instantáneo, ese que llega cuando te das cuenta de que nada te va a pasar porque nada pasó. Y aun así—porque la vida no perdona—volví al presente: yo seguía con inmovilización por ahí, el cuerpo entumecido, y la vergüenza ya camino de instalarse.

El pequeño problema de haberme quedado dormida

La sola idea de que alguien del servicio me encontrara en ese estado hizo que me despertara de golpe, pero de un golpe práctico: modo supervivencia, modo “recolectar dignidad del suelo”, modo: escape inmediato.

Me tomó un rato, pero logré zafarme. Luego fui al baño como quien resuelve una escena final: agua, calma, reorganizar pensamientos. Me arreglé y bajé a desayunar… aunque decidí hacerlo con pantalones y blusa de manga larga, por si quedaban rastros de “mi creatividad nocturna”.

Conclusión: el sueño fue aterrador, sí. Pero la parte más inquietante no fue el susto. Fue darme cuenta de que mi mente puede convertir una situación cotidiana en un thriller… y que al final yo misma termino siendo la villana de mi propia historia.

Gaby camina por el restaurante del hotel buscando una mesa libre 

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