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Mostrando las entradas con la etiqueta damisela en apuros

Un cuento de chantajes, cuerdas y mordazas

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El mensaje   “Ya sabes lo que tienes que hacer.” Eso era todo lo que decía el email, pero venía con el peso extra de las fotos: las que yo quería evitar a toda costa. Fotos mías. Reveladoras. No solo por lo que mostraban, sino por lo que implicaban: que alguien había mirado donde no debía, cuando no estaba yo. Que mi vida privada ya no era privada, solo era material en espera de una respuesta. Y lo peor… lo peor es que era mi jefe. El pervertido de mi jefe. El hombre que en la oficina hablaba como si el mundo fuera simple, como si todo se arreglara con una sonrisa y una frase bien colocada. El mismo que, desde hace tiempo, se me quedaba cerca cuando no tocaba; el mismo que se permitía insinuaciones tan largas que mi cabeza empezaba a inventarse excusas para no sentir miedo. Yo lo rechacé siempre. Hasta que, claro, llegó el día en que rechazar no fue suficiente. Porque él no apareció de la nada. Se ...

Aquella vez que viví mi fantasía más loca en el maletero del coche

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La fantasía que no me dejaba dormir Una de esas noches en las que no teníamos nada mejor que hacer, mi esposo y yo estábamos bien acurrucados viendo una peli vieja de Jason Statham. Ok, yo bien acurrucadita… y él pendiente de la película que ya había visto como… ya no sé, perdí la cuenta después de la vez un millón. Era la típica donde él recoge un “paquete” en plan profesional… y lo mete al maletero. Y Luego viene el pinchazo, cambia la rueda, abre el maletero… y ahí decide que hoy sí rompe sus reglas: vuelve a mirar el “paquete”. Y, spoiler: no era mercancía inerte; era una muchacha amarrada de pies y manos y con cinta de la gris en la boca, como si el guion dijera: “no se aceptan quejas”. Entonces—de la nada—una idea aterrizó en mi cabecita. Era perfecta. La mejor idea que haya tenido en toda mi vida. Me desacurruqué tan rápido que él dio un brinco. Y lo miré con mi carita emocionada, obviamente. ...

El origen de mis fantasías: Sweet Gwendoline y yo

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 La teoría de la misma letra “Su nombre empieza con la misma letra que el mío”. Ese pensamiento repentino se estrelló en mi cerebro con la fuerza del meteorito que extinguió a los dinosaurios. Yo, que era (Ok, aun soy) capaz de creer en señales absurdas con tal de sentirme protagonista, me quedé en shock. Era como si el universo me guiñara el ojo y me susurrara al oído: “¿ves? sí existe la madriguera del conejo… ven”. Y mi cerebro, que por esos días había aprendido a ir más rápido que la luz cuando le convenía, comenzó a armar equivalencias raras y llegó a la conclusión más obvia del mundo: “A Gwendoline… Sweet Gwendoline… y a mí nos atrae lo mismo”. Totalmente normal, ¿verdad? (No. Obvio que no. ¿O sí?). Y cuando te das cuenta, ya te inventaste una versión alternativa de ti misma, con apodo, personaje y hasta estética propia.… como si encontrarla hubiera sido encontrar una clave: “ok, entonces yo también puedo ser… Sweet Gaby”. Mucho después aprendí que detrás de Sweet Gwendoline ...