El origen de mis fantasías: Sweet Gwendoline y yo
La teoría de la misma letra
“Su nombre empieza con la misma letra que el mío”.
Ese pensamiento repentino se estrelló en mi cerebro con la fuerza del meteorito que extinguió a los dinosaurios.
Yo, que era (Ok, aun soy) capaz de creer en señales absurdas con tal de sentirme protagonista, me quedé en shock. Era como si el universo me guiñara el ojo y me susurrara al oído: “¿ves? sí existe la madriguera del conejo… ven”.
Y mi cerebro, que por esos días había aprendido a ir más rápido que la luz cuando le convenía, comenzó a armar equivalencias raras y llegó a la conclusión más obvia del mundo: “A Gwendoline… Sweet Gwendoline… y a mí nos atrae lo mismo”. Totalmente normal, ¿verdad? (No. Obvio que no. ¿O sí?).
Y cuando te das cuenta, ya te inventaste una versión alternativa de ti misma, con apodo, personaje y hasta estética propia.… como si encontrarla hubiera sido encontrar una clave: “ok, entonces yo también puedo ser… Sweet Gaby”.
Mucho después aprendí que detrás de Sweet Gwendoline estaba John Willie. Pero aquella noche yo no estaba investigando artistas ni historias editoriales. Estaba demasiado ocupada teniendo una crisis existencial por culpa de una mujer ficticia que compartía inicial conmigo.
Lo juro: esa noche yo no estaba “buscando” (Bueno, sí, un poquito, nada más). Estaba navegando sin rumbo, con la pantalla iluminando la habitación y el Internet tan lento que parecía que estaba procesando mi destino. Y en ese plan tímido de exploración… apareció ella y me dejó con cara de: “bueno, ya está, me rendí”.
Así fue como esa noche Sweet Gwendoline, la clásica damisela en apuros, se convirtió en mi ideal a seguir en una noche normal navegando por Internet. No es que antes no hubiera visto “otras” damiselas en apuros (Internet también me educa, que no se diga). Pero ninguna tenía ese no sé qué… ese clima de vulnerabilidad elegante que te deja pensando: “¿cómo puede ser que esto me parezca tan… mi estilo?”
Y, aunque me daba mucha vergüenza admitirlo porque en esa época una no decía estas cosas en voz alta, sí, yo quería eso: ser como ella.
Navegando sin rumbo (y fingiendo que yo era adulta)
Esa, y todas las noches siguientes, no empezaron con “voy a descubrir mi destino”. Empezaban como empiezan las peores ideas adolescentes: con esa tentación de seguir un poquito más… solo un poquito, y la sensación de que estaba haciendo algo totalmente normal… aunque mi corazón insistiera en que era “prohibido”, escrito con resaltador y brillando en la oscuridad.
Porque en esos momentos mi habitación estaba siempre medio oscura. Solo la luz azul de la pantalla me dibujaba la cara, y yo ahí, como si fuera una persona adulta responsable (ja), mirando el cargador girar… y girar… porque Internet, en esa época, tenía cero compromiso con mi ansiedad. La página tardaba, yo parpadeaba como si eso me volviera menos sospechosa, mirando de reojo que la puerta continuara cerrada, y mi cuerpo comportándose más raro de lo normal. Mientras, yo me decía cosas tipo: “tranquila, no pasa nada”. (Sí pasaba. Lo que pasa es que yo no tenía palabras todavía).
Y sí, el miedo estaba. No tanto a que me descubrieran (bueno, también), sino a la versión dramática de lo que pasaría si alguien me viera: me terminaran metiendo en un manicomio (con camisa de fuerza y todo) y me convirtieran en un caso de estudio: “mira, ahí va Gaby, aprendiendo cosas raras”. Yo me imaginaba las consecuencias más exageradas: me castigan dejándome encerrada de por vida, me quitan la computadora… y yo, en el fondo, lo único que quería era seguir mirando porque sentía que estaba a punto de entenderme.
Pero la verdad, lo que más pesaba era otra cosa: vergüenza. Vergüenza de estar descubriendo que me gustaban cosas, que me movían emociones, que mi mente iba a lugares que antes yo fingía no notar. Como si me hubieran agarrado el pensamiento en el momento exacto en que se estaba formando.
Y ahí apareció ella otra vez, con su nombre y su vibra de “personaje”. Sweet Gwendoline. Como si el universo me dijera: “te entiendo”. No en el sentido místico (aunque con mi cerebro, eso también pasa). En el sentido de: “hay una versión de ti que no necesita esconderse tanto”.
Sus ilustraciones parecían sacadas exactamente de mi imaginación: femeninas y elegantes, vestidos ajustados, mucha lencería, ligueros y medias; y el villano, Sir Dystic D'arcy, siempre con una cuerda a mano (muchas en realidad). Y también la Agente U69, capaz de escapar incluso de las ataduras más intrincadas, que me daba la sensación de “ok, no sabía que esto también”.
La Agente U69 era especial. Se suponía que era la heroína que siempre llegaba a rescatar a Sweet Gwendoline de las garras del malvado Sir Dystic D'arcy. Pero yo sospechaba que disfrutaba demasiado el trabajo. Porque sí, la rescataba... pero también me parecía que a veces la dejaba atada unos minutos más de lo estrictamente necesario. Y yo, por supuesto, encontraba eso absolutamente fascinante.
Por eso, cuando después mi mente hizo la equivalencia de “Sweet Gwendoline y yo nos atrae lo mismo”… ya no fue una teoría: fue como si yo por fin hubiera encontrado el idioma para lo que estaba sintiendo. Y me dio risa, sí (ok, de las nerviosas.., pero risa al fin). Pero también me dio una calma rara, como cuando te quitas una pijama que te apretaba demasiado.
¿Sí, verdad? Era vergüenza adolescente, con miedo de que me pillaran… y aun así, a mi corazón le parecía: “ok, esto es real, esto soy yo”.
Lo que realmente descubrí aquella noche
Esa noche no terminó con una gran revelación “de película”. Bueno, sí, pero no del tipo “discurso motivacional del universo” (aunque mi cerebro tenía ganas).
Después del shock inicial, fue más bien… una sensación tranquila, de esas que primero te hacen sentir vergüenza y luego te dan ternura. Como cuando te das cuenta de que no estabas inventando nada: solo estabas encontrando una palabra para algo que ya venía pasando por dentro.
Para ese entonces yo ya había descubierto en Internet cosas más… reales, por definirlas de alguna forma. Pero Sweet Gwendoline fue diferente, conectó conmigo a otro nivel.
Porque lo que yo descubrí con Sweet Gwendoline no fue “solo una escena”. Fue la forma de sentirlo. El papel que mi imaginación quería interpretar. La manera en que su vulnerabilidad (tan narrada, tan cuidada) podía sentirse como una especie de control, teatral, suave, tan de fantasía: yo sentía que podía entrar en ella, ser yo (ay, todavía me acuerdo de Sweet Gaby y me sonrojo), y decidir hasta dónde. Y en esa decisión, por primera vez, lo que sentí dejó de ser confuso.
También entendí algo: que yo no estaba actuando “raro” porque sí. Me gustaba por cómo me hacía sentir: curiosa, acompañada, entretenida, y … en paz (aunque suene raro).
Y sí, sé que puede parecer tierno, pero es que así fue. Internet me mostró imágenes, historias y símbolos; pero lo que realmente me cambió fue que me permitió mirarme sin tanta crueldad. No para “volverse otra persona”, sino para dejar de empujar mis propias preguntas hacia atrás.
Desde entonces, las noches en que yo me quedaba navegando sin rumbo ya no me daban solo vergüenza. Me daban un tipo de asombro más honesto: el de aceptar que lo que me atraía tenía un lado emocional. Y que incluso si me daban pena mis pensamientos, esos pensamientos también podían ser parte de mí… no un secreto vergonzoso que hay que esconder, sino un hilo que me ayudaba a entenderme.
Y bueno… ahora que lo cuento con más años encima, me da risa pensar que todo empezó con “la misma letra”. La versión adulta diría “qué casualidad”. La versión Gaby diría: “obvio, el universo me estaba hablando”. Y yo, por supuesto, fui la clase de persona que contestó.
Si a ti también te pasa que sientes que tus curiosidades vienen con una historia y con una emoción escondida—por favor no te castigues. Escribe (aunque sea para ti), piensa en voz alta, y quédate con lo que te haga sentir más tú. Y si alguna vez te dio vergüenza admitir lo que sentías… te entiendo: yo también fui esa adolescente… con el cuarto oscuro, la pantalla brillando y el corazón haciendo “más preguntas que respuestas”.
Y sí, después de tantos años sigo creyendo que lo de la misma letra fue una señal. No me quiten esa ilusión.

Igual a mi me influencia el bondage vainilla. Ya luego nos contaras las historias con tu amiga. Seguimos leyendo
ResponderBorrar...seguro, ya compartiré con ustedes más de mis aventuras. Gracias por tu comentario.
ResponderBorrarVaya! El video se me hizo interesante. Y ahora que lo pienso, no le he dado la oportunidad a esos tipos de videos para verlos... me parece que solo uno que otro algunos años de BettyPage, pero de ahí me parece que no.
ResponderBorrarSaludos!
-EI-