Mi primera gran aventura atándome yo sola
La libertad de explorar
Vivir sola por primera vez fue sentir que el mundo ya no tenía ojos… y mi imaginación, como era de esperar, sí.
Mi habitación, en cambio, parecía conocerme demasiado bien. Bastaba con cerrar la puerta para que me bajara las defensas… y mi cerebro de damisela en apuros se ponía a escribir escenas como si fuera temporada nueva.
Eso sí, esta no fue la primera vez que me ataba yo solita. La primera vez fue en la adolescencia: poco espacio, poco tiempo a solas y mucha vergüenza por si alguien me descubría. Era una combinación explosiva de nervios y emoción… del tipo “solo serán unos segundos”, porque mi orgullo duraba menos que el mecanismo del susto.
Y las veces con mis amigas no cuentan, pues, porque estaba con mis amigas. Obvio.
Y sí, la universidad me cambió el ritmo. Ya no era “ocultar” lo que quería explorar; ahora era “elegir cuándo existo” dentro de mi propio tiempo. La residencia tenía su magia de pasillo, su logística de horarios y ese ambiente de “todos estamos viviendo nuestras versiones de la vida”, pero mi cuarto… mi cuarto era un bolsillo privado de libertad.
Y en ese escenario, el tiempo libre, mi imaginación desatada y unas hormonas convencidas de que cualquier idea era una buena idea se unieron para hacer mi vida más… súper intensa (de esas que luego cuentas riéndote… pero luego.)
El tiempo libre se volvió un villano romántico. Nunca aparecía haciendo ruido. Nunca decía: "haz una locura". No. Llegaba con una frase mucho más peligrosa:
"Solo un rato."
Y yo, que ya venía de una semana de clases, con la cabeza cansada y la imaginación peligrosamente despierta, siempre le abría la puerta.
Entonces pasaron dos cosas a la vez: por un lado, mis hormonas en modo turbo suben el volumen del mundo (todo se siente más intenso, más posible, más “¿y si…?”). Por el otro, mi imaginación—esa a la que le encanta trabajar horas extra como asistente de dirección—empieza a lanzar ideas como si fueran temporadas nuevas: escenas, rituales, tramas dentro de tramas… y yo, obviamente, creyéndome la protagonista de una historia donde el cuarto es el escenario y mi privacidad el boleto VIP.
Yo, sin dudarlo un segundo, me la creí. Por supuesto que sí. Porque ¿quién no desearía ser la damisela en apuros cuando la historia es tuya… y el escenario también? (Aunque, para ser sincera, no es que necesitara muchas excusas para serlo.)
Y así, entre el “solo un rato” y el “¿y si…?”, empezó a asomarse la primera gran tentación: no solo explorar… sino explorar con mis propias reglas.
Así empezó esta historia de cuerdas.
Cómo terminé atrapándome yo sola (una y otra vez)
Ya la semilla estaba sembrada en mi cabeza.
Y entonces mi imaginación, que normalmente es una criatura juguetona, se volvió insistente… monotemática… como si hubiera contratado un conserje encargado de recordarme las mismas escenas todos los días. La superheroína derrotada. La superheroína atrapada. Y los villanos de turno con las cuerdas en la mano cumpliendo su parte del guion.
Mi “yo más joven” había vuelto a hacerse cargo del mando, como si dijera: “tranquila, que esto sí sé cómo funciona”.
Y claro que me convenció. Había montado toda una producción digna de un Oscar: "Gaby, la valiente superheroína, va en busca del villano, entra furtivamente a su guarida, y..." y ahí me encontraba con el plot twist de la vida real: no había villano. O estaban en huelga. O se habían ido de vacaciones. O simplemente, no existían en la versión 3D de mi escenario.
Y así, sin querer, me llegó una pregunta profundamente filosófica: ¿dónde estaban los villanos cuando más los necesitas?
Eso suponía un problema serio para mis planes: para que me atrapara un villano, primero tenía que haber un villano. Y yo, literalmente, no tenía ninguno a mano.
Me vi en un callejón sin salida existencial (de esos que solo aparecen cuando tienes una fantasía muy clara y cero logística): ¿ordenar un villano a una tienda online? No. ¿Pregunta rápida a algún sindicato de villanos? ¿Existía uno? ¿Tenían horario de atención? ¿Aceptaban devoluciones si el villano venía con instrucciones raras?
Cualquier idea, por disparatada que fuera, empezaba a sonar razonable… excepto la única opción que no estaba dispuesta a usar: pedírselo a un amigo. Porque hablarlo con alguien activaba mi pudor adolescente con modo sigilo: “lo íntimo se esconde bajo la cama”, como si fuera ropa sucia con derechos de autor.
Así que, luego de desechar todas las potenciales opciones disponibles, hice lo que cualquier adulto funcional con un mueble recién comprado de Ikea: hacerlo yo misma.
Eso significaba: atarme yo solita a mí misma. Yo, como villana con las cuerdas. Yo, como heroína capturada. Todo a la vez. Un dos por uno emocional.
Esa noche, ahí estaba yo, frente a las cuerdas, con mi camiseta rosada gigante y mis calcetines blancos largos como si estuviera a punto de echarme a dormir… no a hacerle preguntas a las cuerdas. Tenía esa cara de “no pasa nada” y, aun así, la cabeza ya conspiraba: una parte decía curiosidad y la otra ya buscaba una manera. En cuanto vi que funcionaba la idea, mi cara dijo “solo un ratito…” y yo me creí la versión corta.
Al principio fue frustrante, claro. ¿Cómo atarte justo las manos que, supuestamente, debes usar para atarte? Mi cerebro quería lógica… y mis manos querían drama.
Las cuerdas quedaban flojas. Los nudos, inseguros. La superheroína (o sea yo) podía escaparse a placer, lo cual era divertido… hasta que dejaba de serlo.
Y sí, también probé la mordaza en esa etapa de exploración. Spoiler: podía seguir hablando. No claro, no bonito, pero hablando. Mi expectativa de ‘silencio total’ se estrelló contra la realidad y yo me quedé con cara de ‘¿en serio?’. Pero justo ahí entendí que no era magia: era parte del juego, de la fantasía… y por eso seguí usándola.
Pero con el tiempo y mucha práctica—porque si algo soy, es insistente—mis habilidades para atarme yo misma evolucionaron. De “¿por qué sigo suelta?” a “ok, Gaby, ¿cómo demonios vas a escapar de esto?”.
Y mientras yo iba volviendo mis ataduras cada vez más intrincadas—con nudos más ajustados y más difíciles de desatar—mi imaginación se puso creativa con algo nuevo: escenas donde la heroína quedaba… casi segura de que escaparía sin drama.
Casi segura.
Porque entonces, de la nada, mi cabeza empezó con esa pregunta inoportuna, como si fuera una compañera de cuarto con demasiada confianza: ¿y si…?
¿Y si me ataba tan bien que ya no pudiera escapar?
Esa pregunta, tan simple y tan traicioneramente práctica, nació de la misma imaginación que me había metido en todo esto. Solo que esta vez venía con una capa extra: la sensatez. Sí, tengo una.
No es que yo quisiera ser imprudente a propósito. Es solo que yo estaba convencida—con esa seguridad que te da tu propia historia personal—de que siempre iba a poder escapar. Porque, claro, yo me convencí de que desatarse era un accesorio más. Un “te lo resuelvo” con botón de pánico. Sentía que estaba siendo demasiado optimista, como si mi confianza viniera con garantía.
Así que empecé a pensar en cómo escapar si la situación se volvía más apretada de lo que yo había calculado. Y, como era la primera vez que mi mente iba por ahí, lo único que se me ocurrió fue lo más lógico del universo: conseguir unas tijeras.
La lógica era devastadora: ¿cómo se escapa uno de una atadura? Cortando. ¿Y qué se necesita para cortar? Tijeras. Obvio, ¿no?
Ahora bien: la verdad es que nunca las necesité.
Siempre pude escapar de mis ataduras—por firmes que fueran—yo solita, sin ayuda.
Todo estaba yendo bien… hasta que pasó aquello.
Aquella noche, por primera vez, mi heroína dejó de estar tan segura de su propio guion.
El día que las tijeras se volvieron imprescindibles
Para cuando llegó “esa” noche yo ya me creía toda una experta.
¿Y cómo no? Luego de varias semanas practicando mis ataduras en mí misma, me había ganado la confianza (con exceso de confianza, para variar) de que yo era la heroína capaz de escapar a cualquier trampa, situación o atadura que algún villano despistado decidiera improvisarme.
Y eso era la pura verdad… más o menos.
La Gaby que no encontraba la forma de apretar un nudo alrededor de sus propias manos se había ido a paseo.
La Gaby de hoy—corrección, la de esa noche—ya no era dominada por las cuerdas: era ella quien las dirigía, quien les ponía reglas y—seamos honestas—quien lograba que obedecieran sus designios.
Así que llamémosla Capitana Nudos. O Señorita Iniciativa. O… ¿Doña Desenredo? Ay, no se rían y ayúdenme con el nombre: soy mala con esas cosas. Pero luego, cuando mi cerebro deje de andar en modo “recuerdos de aquella noche”.
Pero mi ego de superheroína, alimentado por mi recién estrenada confianza, empezaba a encontrar aburridas las ataduras normales. Atarme solo de pies y manos ya no producía el mismo cocktail de emociones que antes.
Tenía que buscar situaciones más retadoras, más adrenalina, nuevas posiciones, nuevas formas de atarme mejor y más firmemente. Tenía que volverme más villanosa, más…
Sí, bueno, creo que ya voy viendo lo que pasó. Tal vez, simplemente exageré, digamos, un poquito el reto. Solo un poquito (Ok, está bien, sí: metí la pata… hasta el fondo).
Vale, mejor dejo de dar vueltas y les termino de contar que pasó aquella noche.
Bueno, aquí voy.
Unos días antes de aquella fatídica noche…
No, mentira. Tampoco fue tan dramática la cosa. Depende de si lo cuentas años después, o justo cuando te pasa.
Bueno, bueno. Ya. Cerebro, concéntrate. Deja de divagar.
Lo que pasó es que unos días antes, mi mente ansiosa por encontrar nuevos retos, me obligó (sí, me obligó) a colocar mis lindos y tiernos ojitos sobre varias imágenes, y especialmente sobre la palabra asociada con estas: hogtied.
Ok. Supongo que para muchos de ustedes ese término es bastante común. Ahora. Antes eso no era tan así. Como sea, igual les explicaré, para cumplir con mi auto impuesta misión de vida de evitar que ustedes también hagan las locuras que yo hice.
Y si las hacen (por aquello de que nadie aprende en cabeza ajena) pues que sean algo (bastante) más seguras.
Para quien no lo sepa, el hogtied es esa posición clásica donde terminas con las manos atadas a los tobillos, todo el cuerpo formando un arco. Es incómoda, es vulnerable, y precisamente por eso quería probarla. Nunca lo había hecho, y la idea de sentirme completamente inmovilizada me parecía emocionante.
La idea me persiguió como una canción pegajosa: la nombras una vez y ya se te queda en la cabeza. No me dejaba tranquila. Hasta que esa noche me di cuenta del verdadero poder de mi “¿Y si…?” y sucumbí a su influencia.
Así que esa noche, yo ya estaba lista para dormir (solo dormir), vestida como siempre, con mi camiseta rosa gigante y mis calcetines blancos largos. No se burlen, esa era mi pijama para dormir calentita.
Y fue precisamente entonces cuando mi imaginación, la muy traidora, comenzó a convencerme. “Solo un ratito y ya.” Y yo de inocente (sí, como no) acepté.
¿Saben? ahora que lo pienso bien, me acabo de dar cuenta que mi pijama se había convertido en mi traje de heroína en apuros. Todos mis juegos eran a la hora de dormir, luego de estudiar y hacer mis asignaciones. Yo era muy aplicada en la universidad.
Pero, como cantaba Elvis… “A little less conversation, a little more action, please”… ... “All this aggravation ain’t satisfactioning me.”
Ok, ok: ya. Un poco menos de canto y un poco de más contar la historia. Ahí voy.
Esa noche, luego de haber tomado la decisión de seguir con mi experimento con el hogtied, lo primero que hice fue tomar mi pañuelo. Uno nuevo, más grande. Seguía pensando que no era efectivo, que era pura utilería. Pero yo soy una chica de costumbres. Que les puedo decir. Me amordacé.
Ok. Era el momento de la revisión de seguridad, porque, aunque no lo parezca, mi sensatez había comenzado a privar sobre mi imaginación desbocada: las tijeras estaban en su sitio,en la mesa, a mi alcance. Todo bajo control (al menos eso pensó mi cerebro).
Me até los tobillos, luego las muñecas a la espalda, y por último, con una cuerda extra, uní ambos puntos. Tensé bien la cuerda... y ahí estaba. Completamente atada, con las manos y los pies unidos por la espalda, como si mi propio cuerpo hubiera firmado un contrato con la inmovilidad.
La emoción era tan intensa que casi podía escuchar mi corazón latir en mis oídos.
Durante los primeros minutos, fue exactamente lo que había imaginado: la tensión de la cuerda, la imposibilidad de moverme, esa mezcla de excitación y vértigo que me hacía sentir que estaba en una película de espías.
Hasta que llegó el momento inevitable.
Quise desatarme.
Y ahí fue cuando me di cuenta del error. Mi técnica era tan buena que, al tensar las cuerdas para atarme, había apretado tanto los nudos que ahora estaban más firmes que nunca. Y lo peor: en esa posición, mis manos, atadas a mis pies, no llegaban a las tijeras. Las tijeras estaban ahí, a la distancia exacta para que yo pudiera mirarlas y odiarlas. Riéndose de mí.
Intenté relajarme. Respiré hondo como si yo fuera el tipo de persona que controla las crisis… pero el pánico empezó a asomar igual, como una sombra traicionera.
Entonces escuché un sonido: “Mmmpphh”.
Mi propia voz, amortiguada por el pañuelo. Me sorprendí, porque esa parte del plan—la mordaza—nunca, jamás, me había dejado tan callada. Era como si el universo estuviera diciendo: “Vale, Gaby, ahora sí que estás sola”.
Si pudiera… me habría dado la clásica palmada en la frente. Pero, claro, ustedes entenderán que ciertas cuerdas me lo impedían en ese momento.
Fue entonces cuando el pánico empezó a hacer acto de presencia.
Mi primera reacción fue pensar en pedir ayuda. Miré la puerta: estaba ahí, casi decorativa, como si el universo quisiera ser amable. Podía bajar de la cama y rodar hasta allá… imaginarme el ruido al caer al piso, y el posible dolor (esperaba que solo un poquito; soy muy cobarde con el dolor). En ese momento, lo confieso, no me importaba.
Pero en cuanto esa idea cruzó mi mente, la vergüenza la aplastó.
“¿Qué van a pensar? ¿Qué van a decir? ¿Cómo explico esto?”
Me imaginé la escena con una claridad insultante: yo, camiseta rosada gigante, calcetines largos blancos, atada en una posición que ni yo misma sabía describir… pidiendo auxilio. No, gracias. Prefiero quedarme aquí el resto de mis días.
Así que respiré hondo. Literalmente. Inspiré, conté hasta tres y expiré. Y lo repetí. Y otra vez. Hasta que mi cerebro dejó de gritar “¡peligro!” y empezó a pensar con claridad.
“Vale, Gaby. Te has metido en esto tú solita. Ahora sácate.”
Si no podía alcanzar las tijeras, tendría que liberarme a la antigua usanza: con paciencia, con movimiento, con dedos. Así que me concentré en la cuerda que unía mis muñecas a mis tobillos. Sentí la cuerda, busqué la parte que cedía, y empecé a trabajar.
Al principio no lograba nada. Cero avance. Y, como si fuera una broma privada del universo, la imaginación se empeñaba en informarme al segundo exacto de cada fracaso. En mi situación, el “no pasa nada” tarda cero segundos en convertirse en “seguro empeoró”.
Yo tenía ganas de ponerme en modo tragedia griega, con llanto a moco tendido incluido—literally—y, con suerte, entre mi pañuelo-mordaza y mi dignidad escondida debajo de la cama, nadie notaría absolutamente nada.
Pero no. Seguí y seguí hasta que por fin apareció un movimiento tan mínimo que casi me pareció inventado: un temblorcito en el nudo. Como si el nudo dijera ‘ok, hay una salida’… y yo tuviera que merecérmela. Y ahí estaba: luz al final del túnel. Lo curioso es que el túnel era de cuerda… y me quedaba apretado.
Pero funcionó. Logré aflojar el nudo lo suficiente como para liberar una mano. Luego la otra. Luego pude alcanzar los pies. No fue rápido. No fue elegante. Fue, más bien, el tipo de victoria que te deja sudorosa y con la dignidad hecha una tortilla… pero libre.
Y cuando me senté en la cama, no sentí alivio inmediato: sentí gratitud. Gratitud por haber aprendido la lección sin que se volviera nada grave. Y una certeza que se me quedó pegada en el pensamiento como un cartel luminoso:
Las tijeras siempre, siempre, siempre deben estar al alcance de la mano.
Las tijeras siempre deben estar al alcance. No en la mesa. No en la mesilla. Al lado de mí, en mi mundo real, no en mi mundo ideal.
Desde esa noche, mis reglas de seguridad dejaron de ser una teoría para convertirse en un evangelio. Y cada una tiene una historia detrás, como esta, que me recuerda que el riesgo no es un juego… pero que la precaución, bien aplicada, puede convertir cualquier susto en una anécdota para contar.
Y sin darme cuenta, ocurrió algo: entendí que la “emoción” no siempre se reduce a sentirte inmóvil o hacerte la valiente. Hay un componente más profundo, más tembloroso, más real… el peligro como chispa. La adrenalina entrando por donde no pensaba, obligándome a planear mejor, a respetar más y a asumir que mi cuerpo no negocia.
Por eso, antes de seguir contando reglas como si fueran mandamientos, necesito decirte lo siguiente: descubrí que el peligro también formaba parte de la emoción. Y esa parte… también se aprende.
Descubrí que el peligro también formaba parte de la emoción
¿Les conté alguna vez que me encantan las montañas rusas? ¿Ah, no? Bueno, ahora lo saben. La velocidad. El vértigo. La adrenalina. La emoción mezclada con miedo. Sí, miedo. Ok, solo la primera vez… a la quinta ya se te pasa.
El detalle es que el miedo no llega de golpe. Llega cuando tu cuerpo dice: ‘ey, esto es real’ y de pronto tu corazón se pone dramático y acelera la película.
Pero lo curioso, lo que me llama más la atención es que, apenas acaba de parar ya estás deseando subir de nuevo, aunque el corazón todavía te late a mil por hora. Como si tu cuerpo pensara: “ok, sobrevivimos… ¿y ahora qué? ¿Repetimos?
Aquella noche recuerdo que, en cuanto recuperé la libertad, algo en mi interior añoró aquella sensación. Esa mezcla de miedo y emoción. Esa adrenalina pura que te hace sentir más viva que nunca. Y aunque ni loca volvería a repetirlo sin mis tijeras a mano, no pude evitar sonreír. Había superado el reto. Había vuelto a casa, por así decirlo.
El selfbondage no es solo una práctica física, aunque lo parezca. Es un juego mental… y un juego donde tu cerebro se pone dramático antes que tu cuerpo. Porque ahí, en ese instante, el miedo no compite con la emoción: se sienta en la misma mesa.
Cuando planificas una atadura, ya sabes que hay un riesgo. Lo sabes de forma racional. Pero lo que no controlas del todo— lo que me enciende la adrenalina—es que esa línea que cruzas (esa sensación de ‘esto podría salir mal’) es justo lo que vuelve la experiencia intensa. No por el desastre, sino por la conciencia.
Es como la cuerda floja con una red de seguridad debajo tuyo: no quieres caerte, pero el hecho de saber que podrías hacerlo es lo que hace que el paseo sea inolvidable.
Y no, yo no me he subido a una cuerda floja. Yo uso las cuerdas para… bueno, ya. Volvamos al tema antes de que mi cerebro empiece a inventar capítulos.
Pero aparte de inventar capítulos, mi cerebro también me juega malas pasadas. Curiosamente, luego de experimentar momentos especialmente intensos de selfbondage, cuando recupero el control, en lugar de quedarse con el alivio, él se queda con la adrenalina. Y empieza a idealizar el peligro. "No fue tan malo", piensas. "Podría repetirlo, pero esta vez con tijeras más cerca." Y así, sin querer, me veo otra vez en la cama, atando mis muñecas, buscando esa misma dosis de emoción.
Si conoces esa sensación, entonces ya te habrás dado cuenta de donde viene la emoción. No viene de la falta de seguridad. La emoción viene de la sensación de estar al borde. Es la percepción del peligro, no el peligro real, lo que te hace vibrar. Y cuando te das cuenta de eso, entiendes que la seguridad no es una enemiga de la emoción, sino su mejor aliada. Porque sabes que, pase lo que pase, sin importar lo inescapable que se sienta una situación determinada, siempre tendrás una salida. Y esa certeza te permite sumergirte más profundamente en la fantasía.
Esa noche, en mi habitación de la residencia, aprendí que el selfbondage es una conversación contigo misma. Una en la que el miedo y el deseo se sientan a la misma mesa, se miran a los ojos y deciden jugar. Y cuando la partida termina, aunque te hayas asustado, lo que realmente echas de menos no es el miedo, sino la intensidad de estar plenamente viva. De verdad.
Así que, si alguna vez sientes esa mezcla contradictoria de miedo y deseo, no te preocupes. Es parte del juego. Solo recuerda: las tijeras a mano, y el respeto por ti misma por delante. Porque la verdadera emoción no está en perder el control, sino en elegir cuándo y cómo rendirlo.
Mis reglas de oro (aprendidas por las malas)
¿Sabías que la seguridad también es sexy? Sí. Porque cuando la hago bien, paso de “aventura peligrosa” a “Gaby, pero con plan… y divertida”. Eso sí es atractivo. ¿No me crees? Te toca comprobarlo conmigo.
La seguridad es esa parte del juego que debería estar siempre, como recordándome (con cariño, aunque a veces suene a regaño) que yo no estoy aquí para sufrir: estoy aquí para sentir, jugar… y volver completa.
Debo confesarte algo: yo me metí en situaciones apretadas por puro exceso de confianza… y por esa manía mía de querer emociones más fuertes, como si el cuerpo fuera a obedecer mi guion. Spoiler: no. Esas situaciones fueron maestras muy severas… y sí, me enseñaron a tomar la seguridad en serio, de verdad.
Por ejemplo: después de aquella noche, cuando fui valiente… hasta el momento en que me di cuenta de que mis tijeras estaban fuera de mi alcance (sí, mi plan de escape), mi cerebro dijo: “vale, gracias”. Y me inventé mi regla: plan de escape, pero al alcance, como para humanos que se asustan. Porque el plan más brillante del mundo no sirve si no puedes ejecutarlo.
Mi segunda regla: no usar ataduras muy apretadas o restrictivas, apareció esa misma noche, justo cuando me puse demasiado creativa con las ataduras y me inmovilicé de más. Y lo que parecía “juego” empezó a sentirse como “problema”: me complicó el escape y me di cuenta de que estaba restringiendo la circulación de mis muñecas y tobillos. Desde entonces, respetar a mi cuerpo es parte del plan, no un estorbo.
Mi tercera regla: saber cuándo es suficiente y no engolosinarse con la emoción. Porque a veces el cuerpo dice “me está gustando” y la mente se queda como: “sí, pero ¿y si seguimos solo un poquito más…?” Y ahí es donde yo me he tenido que poner una mamá regañona (conmigo misma): parar antes de que la emoción me convierta en impulsiva.
Y la regla que quedó de última pero no porque no sea importante (es más bien porque soy un poquito desordenada): mi cuarta regla. Actualiza tu plan de escape. Sí, yo también pensaba que con tener un plan de escape era suficiente. Y aprendí a las malas que no es así: mi plan tiene que cambiar conmigo. Cambia con el lugar, con mi estado de ánimo, con lo que siento en el cuerpo, con lo que me está saliendo ese día. Lo reviso, lo ajusto… y vuelvo a comprobar que sigue siendo ejecutable.
Así que, sí, estoy muy agradecida con mi “yo más joven” por esas experiencias tan emocionantes, pero también algo descuidadas (pero por desconocimiento) que vivimos. Porque la diversión es muchísimo más bonita cuando sé que, pase lo que pase, yo tengo el control… incluso cuando parece que no.
Y lo curioso es que nunca imaginé que algo tan poco emocionante como la seguridad terminaría siendo parte de lo que más disfruto. Porque yo ya no puedo volver a mi modo “aventura peligrosa”. Incluso hoy, con mi seguridad sexy, sigo disfrutando la emoción… pero ahora, curiosamente, todo se vuelve más tierno (para mí, por lo menos). Más adelante te enteras.
Hoy sigo disfrutándolo... pero ya no estoy sola
Hoy sigo disfrutándolo. Sí. La vida sigue trayéndome momentos tipo “tijeras fuera de mi alcance” y mi imaginación poniéndose el pijama y diciendo: “bueno… ¿aventura?”
Antes jugaba a selfbondage porque… bueno, porque no tenía a alguien de confianza con quien compartirlo. Y yo, tiernita-desastre (con el “desastre” subrayado y en negritas), llegaba a ese punto con el entusiasmo por delante y el plan por detrás. Spoiler: a veces el cuerpo me tenía otras ideas, y terminaba aprendiendo por las malas… pero disfrutando el aprendizaje.
Ahora estoy felizmente casada con mi esposito. Y él dice: “No, no te voy a atar otra vez”… y luego, bueno. Termina haciéndolo. Es un caballero (no con armadura dorada, pero sí con mucho cariño), y me encanta ser rescatada a propósito, como quien sabe exactamente cuándo toca el papel del héroe.
Y cuando él me mira con esa cara y suelta algo como: “¿Y este es todo tu plan de escape?”, yo por dentro pienso: sí, ya sé… ya me vas a rescatar otra vez. Y lo adoro.
Sigo disfrutando del selfbondage porque aun sigo siendo esa chica curiosa de la residencia… pero ya no juego en modo “sola contra el mundo”. Ahora la seguridad sexy y las reglas de oro están en el centro, y el resto… el resto lo disfrutamos juntos. Así que sí: hoy sigo disfrutándolo… pero ya no estoy sola.
Si has llegado hasta aquí, gracias por escuchar una de mis aventuras universitarias (sí... una de esas de las que hoy me río, pero aquella noche no tanto 😅).
Y ahora tengo curiosidad por conocerte un poquito más. ¿Alguna vez has tenido un momento en el que pensaste: "esto parecía una gran idea... hasta que dejó de parecerlo"? No tiene por qué ser sobre selfbondage. A veces todos tenemos alguna historia de exceso de confianza que termina enseñándonos algo importante.
Si te apetece, cuéntamela en los comentarios. Me encantará leerte.
Jejeje, al principio creo que nos puede pasar a muchos de los que intentamos practicar... yo también tuve algunas experiencias con dificultades. Es bueno ser precavido y tener a la mano opciones para poder salir de estas. Sobre todo y ante todo la seguridad es lo más importante, no hay que arriesgarse de más. Gracias por tu experiencia! Saludos!
ResponderBorrar-EI-
La seguridad primero 😉
ResponderBorrar