Cómo mi imaginación convirtió a mi jefa en una fantasía

Cómo mi imaginación convirtió a mi jefa en una fantasía

No me pregunten cómo una simple conversación entre amigos hizo que un recuerdo especialmente vergonzoso saliera de lo más recóndito de mi memoria.

Bueno, aquí va la cuestión. Mi ex jefa es lesbiana. Bueno, tal vez.

Nunca me lo dijo. Nunca vi pruebas reales. Solo mi intuición: esa que llega sin evidencia, pero con una confianza ofensiva. Como aquella vez que mi intuición me juraba—con tono de oráculo—que algo pasaba con aquel chico… y él, bueno, al final estaba interesado en mi mejor amiga. Ahora que lo pienso, parece que mi intuición solo funciona cuando no le pido pruebas. En fin.

Y no es que tenga nada en contra de las lesbianas, o que yo sea lesbiana. Para nada. De hecho, nunca he sentido atracción por una mujer. Bueno, quizá una vez, en la universidad, pero fue una cosa de un segundo, y además ella tenía una voz muy grave, y yo estaba confundida, y… bueno, eso no cuenta.

El caso es que no soy lesbiana. Ella sí, creo. Así que sigamos con la historia.

La nalgada que lo complicó todo

No puedo negar que mis sospechas sobre mi jefa me daban curiosidad. Y cuando me pongo así, solo me queda una cosa por hacer: averiguarlo.

Por esos días trataba de no parecer deseosa de “confirmar” nada, así que yo andaba con cuidado con ella. No por nada raro (ya les dije que yo no soy lesbiana ¿cierto?) , es solo que yo… ok, mi intuición… veía señales por todos lados.

Como aquel día que llegó el trabajo importante—la licitación grande—y ella se apareció en mi oficina como si viniera a confesar un secreto. Cerró la puerta. Solo eso.

Y mi intuición se incendió: “Se quedó a solas contigo, Gaby. Te va a decir algo importante.”

Ella se acercó, se puso a mi lado y, con la naturalidad de quien pide un café, soltó: “A ver, Gaby. Ven. Te lo explico yo.” Yo debería haber entendido que era el proyecto. Entendí… el tono. ¿Perfume nuevo? Huele divino ¿Solo para la ocasión? Sospechoso.

Ella me explicó el proyecto como si estuviéramos practicando un idioma secreto… no, espera, era solo un proceso técnico. Pero mi cerebro, irresponsable, se fue a otra cosa “¿Dónde habrá comprado esas pantimedias negras que le quedan… peligrosamente bien?”, como si fuera evidencia forense.

Al final remató “Listo, ya lo entendiste”.

¿Entendí? ¿Qué tenía que entender? ¿Ya me lo dijo y ni me di cuenta?

Bueno, sí entendí el proyecto… a pesar de las distracciones, que mi cerebro diligentemente catalogó de otra cosa. Ok… ahora que leo lo que estoy escribiendo, está claro que andaba paranoica con el tema por esos días. Pero sigamos la historia.

Todo iba de maravillas hasta el día aquel en que mi intuición anduvo ocupada en quién sabe qué cosa: el día que ganamos la licitación grande.

Gaby en una oficina abriendo un archivador mientras observa sorprendida a su jefa alejándose por el pasillo.

La oficina entera se convirtió en una celebración permanente: felicitaciones, sonrisas de esas que no sabes si son genuinas o si se te van a volver cargos administrativos, y gente hablando como si el futuro les debiera dinero. Mi jefa parecía inflada de alegría, como si la felicidad le hubiera dado permiso para ocupar espacio en el aire.

Y yo, por supuesto, estaba en mi momento más vulnerable: parada frente a un archivo, con la mejor actitud de “tranquila, que ella anda en otra cosa”, buscando algo que no aparecía. Estaba en esa postura que solo adopta alguien que se pregunta si su vida cabe en un sobre manila.

Entonces pasó.

Fue como esos golpes en las películas donde el sonido llega medio segundo después que la acción. Yo ni la vi venir; la sentí. Una fuerte palmada—perdón, una nalgada—directa y clara, de esas que no piden permiso ni dan explicación, y que te dejan con dos opciones: o te quedas congelada o te conviertes en estatua con pánico. Yo hice lo segundo.

¿Ahora ya podía decir que tenía la evidencia de mis sospechas… plasmada en mi trasero?

Yo me puse de todos colores. Literal. Sentí el calor subirme por el cuello hasta las orejas, y en mi mente empezó el documental: “Ves. Sí era. Te lo dije. Era inevitable.” O sea, mi intuición no solo estaba presente, estaba a cargo de la proyección y del sonido, mientras comía palomitas.

Y lo peor fue que mi jefa siguió caminando como si nada. Como si acabara de pasar a dejarme un documento con carátula y firma, no un recordatorio físico de que las teorías también pueden ir en paquete. Caminó hasta su oficina con la misma naturalidad con la que uno va por agua.

Yo me quedé ahí… procesando, mirando de reojo a todos lados. Nadie cerca. Nadie vio nada, o por lo menos eso quería creer. De otra forma nadie me iba a salvar de convertirme en un chiste interno durante el resto del mes. Y obvio que no le conté a nadie.

¿Ella sabía que yo lo intuía—que era lesbiana (ella, no yo, obvio)… o que yo me estaba inventando el cuento en mi cabeza? Honestamente: en ese punto, me daba igual cuál fuera la explicación.

Cuando mi imaginación tomó el control

Una vez que mi intuición “comprobó” que mi ex jefa era lesbiana, ya nada volvió a ser normal. Porque cuando tu cerebro decide que ya tiene respuesta, empieza a llenar los vacíos… con escenas. Muchas escenas.

De pronto, sus “A ver, Gaby… ven” eran preámbulos de confesiones imposibles. Su forma de explicarme cosas era un idioma secreto. La licitación grande dejó de ser una victoria laboral y se convirtió en el punto de quiebre del guion (el famoso antes y después). Y yo, por supuesto, me puse a imaginar señales por todos lados: perfume nuevo, mallas negras, miradas con intención y silencios que gritaban “ahora sí”.

Así, cuando mi jefa me dijo “Gaby, ven a mi oficina, por favor” mi imaginación se volvió literalmente loca: ya me imaginaba a ella cerrando la puerta tras de mí, ordenándome con su voz dulce, pero autoritaria “Siéntate, por favor”, tomando unas cuerdas de una gaveta de su escritorio y atando mis manos, “quiero tu completa atención”, y luego la mordaza “… y tu absoluto silencio. Solo escuchas y asientes ¿Ok?”, y yo asintiendo con la cabeza, como si todo eso fuera el procedimiento normal de toda reunión ejecutiva (¡no!, claro que no, por si acaso su imaginación ya está volando).

“Gaby, te estoy esperando, apúrate”. Claro que me apuré pero ya se imaginan que no pasó nada de eso.

Y lo inquietante… o lo gracioso, depende de cómo lo veas, es que yo no estaba buscando un “romance” (que no, que no soy lesbiana). Bueno, sí… pero no con ella. Lo que yo quería era que todo lo que estaba en mi imaginación tuviera sentido.

Yo no había “comprobado” nada. Yo me había declarado culpable de algo mucho más simple… y mucho más ridículo. Yo había convertido una malinterpretación en una saga.

Pero no todo fue fantasía. Tengo que confesarles algo: les mentí. Solo un poquito. Porque al final de ese día, sí hubo alguien a quien sí le conté lo sucedido: a mi esposo. Aunque, por supuesto, eso se los contaré en otra ocasión… porque primero tiene que caer el telón de esta parte.

Y tú, ¿alguna vez una situación aparentemente insignificante terminó ocupando mucho más espacio en tu imaginación del que debería? Cuéntamelo en los comentarios.

Comentarios

  1. Siempre un placer con tus historias, sin duda solo nos queda hacer volar la imaginación.

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  2. Me alegra saber que te gustan. Gracias por visitar mi blog.

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  3. Jajaja, no puedes culpar a tu esposo, supongo que muchos nos imaginariamos la escena con tu jefa que él describió. Pero al final, hasta sucedió que lo imaginabas también.
    Saludos!

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  4. Sí. Aun le recuerdo esto de vez en cuando solo porque me divierte mucho verlo como se pone 😁

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