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Otra vez soñé con damiselas en apuros

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Mi subconsciente tiene una extraña obsesión Hay gente que sueña que vuela. O que corre por pasillos interminables para llegar al trabajo “justo a tiempo”. O que busca su celular en la bolsa… y encuentra un pastel (o una zanahoria). En fin: sueños normales. Yo también sueño cosas así. A veces. El problema es que mi cerebro no siempre anda en modo “normal”. De cuando en cuando me manda cosas más vívidas. Más reales. De las que te despiertas como si acabaran de apagar una alarma en tu cuerpo: sobresaltada, confundida, y con la sensación de que mi cuerpo ya había decidido algo antes de que yo pudiera decir “¿por qué?” Y no, no me despierto diciendo “¡wow, que aventura!”. Me despierto más bien con un poco de vergüenza. Vergüenza de esa que no es tragedia, pero sí te hace acomodarte la cobija como si el sueño te hubiera pillado haciendo (o pensando) algo indebido. Luego… viene la segunda parte: la risa. Porque mis sueños no vienen con discreción. Mis ideas tienen vida propia. Mi subconscient...

Cómo un pequeño candado casi arruinó mi noche en el hotel (y lo que aprendí sobre el selfbondage)

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Solo iba a jugar un ratito antes de cenar El día de trabajo estuvo pesado, muy pesado. Viaje madrugador, presentaciones—una, otra—y luego las reuniones que parecían no tener fin. Y luego estaban las invitaciones a cenar. Infaltables. Normalmente digo que sí, aunque esté cansada, porque no me gusta hacer la descortés con gente que al menos parece amable (aunque luego uno nunca sabe). Pero ese día yo solo quería llegar al hotel. Porque en mi equipaje me estaba esperando algo. Una invitación a jugar: mi “modo noche”, como le digo, y unas cuerdas. Y es que los hoteles tienen una vibra misteriosa que, por alguna razón, siempre conecta con juegos de ataduras (¿Qué?¿Solo a mí me pasa?). Solo iba a jugar un ratito. Solo para desestresarme, claro está… o eso me digo al principio. Y como un lector me pidió que contara algo personal (al parecer no cuento suficiente), pues aquí está la mía. Cuando un candado me pareció una i...

Cómo unos tacones despertaban mi imaginación

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Nunca fueron solo unos zapatos Si me preguntaran cuál fue la primera prenda que hizo que mi imaginación diera un pequeño salto, no diría un vestido. Ni un liguero. Ni siquiera unas medias. Diría unos tacones. Y sé que suena exagerado, pero para mí los tacones fueron como un interruptor: de pronto me siento más traviesa y, de paso, más valiente. El mundo se vuelve mi escenario y yo camino atrevida, confiada… como si supiera exactamente lo que estoy haciendo. Sé que no, pero ustedes me entienden, ¿cierto? La verdad, yo soy más de comodidad que de glamour en situaciones normales. Es en serio, porque no me van a negar que los tacones son máquinas medievales de tortura. Pero bueno… si es una ocasión especial, entonces sí: los tacones vienen, con lamento incluido… pero luciendo increíble. Ya saben: antes muerta que sencilla… aunque no pueda caminar mucho. Mi primer recuerdo de una de esas ocasiones ...

Mi primera gran aventura atándome yo sola

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La libertad de explorar Vivir sola por primera vez fue sentir que el mundo ya no tenía ojos… y mi imaginación, como era de esperar, sí. Mi habitación, en cambio, parecía conocerme demasiado bien. Bastaba con cerrar la puerta para que me bajara las defensas… y mi cerebro de damisela en apuros se ponía a escribir escenas como si fuera temporada nueva. Eso sí, esta no fue la primera vez que me ataba yo solita. La primera vez fue en la adolescencia: poco espacio, poco tiempo a solas y mucha vergüenza por si alguien me descubría. Era una combinación explosiva de nervios y emoción… del tipo “solo serán unos segundos”, porque mi orgullo duraba menos que el mecanismo del susto. Y las veces con mis amigas no cuentan, pues, porque estaba con mis amigas. Obvio. Y sí, la universidad me cambió el ritmo. Ya no era “ocultar” lo que quería explorar; ahora era “elegir cuándo existo” dentro de mi propio tiempo. La residencia tenía su magia de pasillo, su logística de horarios y ese ambiente de “todos es...

Cómo le conté a mi pareja que me gustaban las cuerdas

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Confesar un fetiche da mucho más miedo de lo que parece Si alguien me pregunta si tengo algún fetiche, con toda seguridad mi respuesta sería algo muy parecido a esto: “¿Yo? Nooo, claro que no… para nada… en serio… No.” Sonrisa nerviosa y sonrojamiento automático incluidos. Y eso que no mencioné el sudor frío, la taquicardia, el… bueno, todo eso. Pero cuando se trata de contarle tu secreto más íntimo a tu pareja… Ay madre mía. Sí, ya sé lo que están pensando (saben, tengo algo de bruja): que soy una dramática incorregible. Puede que tengas razón pero puedo apostar que quedó claro que, para mi, esa no es una situación muy de mi agrado.   Si llegaste hasta aquí porque estás intentando descubrir cómo contarle a tu pareja uno de esos secretos que hacen que quieras esconderte debajo de la cama... bienvenida. Yo también estuve ahí. Y si solo llegaste porque te dio curiosidad saber cómo terminó s...