Aquella vez que viví mi fantasía más loca en el maletero del coche
La fantasía que no me dejaba dormir
Una de esas noches en las que no teníamos nada mejor que hacer, mi esposo y yo estábamos bien acurrucados viendo una peli vieja de Jason Statham. Ok, yo bien acurrucadita… y él pendiente de la película que ya había visto como… ya no sé, perdí la cuenta después de la vez un millón.
Era la típica donde él recoge un “paquete” en plan profesional… y lo mete al maletero. Y Luego viene el pinchazo, cambia la rueda, abre el maletero… y ahí decide que hoy sí rompe sus reglas: vuelve a mirar el “paquete”. Y, spoiler: no era mercancía inerte; era una muchacha amarrada de pies y manos y con cinta de la gris en la boca, como si el guion dijera: “no se aceptan quejas”.
Entonces—de la nada—una idea aterrizó en mi cabecita. Era perfecta. La mejor idea que haya tenido en toda mi vida.
Me desacurruqué tan rápido que él dio un brinco. Y lo miré con mi carita emocionada, obviamente.
Mi esposo, desprevenido, me miró divertido… hasta que se dio cuenta de lo que estaba pasando por mi mente inquieta.
—No.
—¿Pero por qué? Si todavía no te…
—No.
Apagó la tele y se dio media vuelta.
Lo quedé mirando mientras se hacía el dormido tan convincente que me dieron ganas de aplaudirle… casi. Le di un par de toquecitos con el dedo. Reacción: cero. Traducción: no hay conversación posible. Su estrategia era clara: ignorarme con profesionalismo hasta que se me olvidara. Me dio ternura, la verdad. Como si él pensara que yo me olvido así nomás.
Lo dejé descansar esa noche. Pero él y yo sabíamos cómo iba a terminar esto. Era solo cuestión de tiempo.
Vamos. Te dejo atada en el carro, como tú quieres
Eventualmente el tema salió a flote nuevamente. La verdad: nunca estuvo realmente enterrado, solo estaba en hibernación. En fin.
Yo apenas iba abriendo la boca cuando mi esposito ya me estaba mirando con esa cara que ponía siempre que llegaba a la conclusión que debería ir buscándome cupo en un manicomio.
—Anda, será divert…
—No.
—Pero déjame terminar de expl…
—No.
—Te dejaré hacer lo que quieras después.
—…
—…
Se paró e iniciar una retirada táctica.
Ya había encontrado el agujero en su línea defensiva. Pero, para ser sincera, eso ya lo sabía. Solo quería que dijera que sí sin yo tener que dar nada a cambio. Ya no puedo confiar ni en mis propios planes.
Una noche yo solo quería apagar el cerebro (en serio) y él andaba… pues insistente. Yo ya sabía para dónde iba todo este asunto. No paraba: se iba, volvía, se iba… puro “a ver cuándo”. Me hacía ojitos con la mirada, como si estuviera diciendo “dime que sí sin decir que sí”. Y yo me hacía la tonta, Por supuesto.
Él traía el plan clarísimo. No aflojaba ni tantito, y de la nada: “Vamos. Te dejo atada en el carro, como tú quieres.”
Yo me quedé en shock… pero de ese rico shock de “¿ya?”.
“¿Qué pasó? ¿Ahora te vas a echar para atrás?” dijo burlón.
Yo no respondí. Solo dejé lo que estaba haciendo y me fui a cambiar rapidísimo, no fuera a ser que se le ocurriera cambiar de opinión.
Cuando me estaba vistiendo (algo sencillo: lencería, ligueros y medias… jajaja, obvio que medias; siempre), me di cuenta de que ya no había vuelta atrás. Él lo dijo y lo tenía que cumplir. Me puse un abrigo largo y salí.
Mi esposito me estaba esperando con una mirada divertida.
—Recuerda tu promesa.
—¿Ah? Sí, sí. Ya, camina, rápido.
Terminé empujándolo… bueno, dirigiéndolo al carro con una sonrisa de “tú cumple, yo también”.
Mientras caminaba, mi imaginación ya estaba a mil por hora, dibujando escenas, creando sensaciones. Iba temblando, no sé si de la emoción o del frío. O de las dos cosas.
Y de repente: “¡uy, no!” Tuve que volver al apartamento a medio camino del estacionamiento por la bolsa con las cuerdas y la cinta gris que se me habían quedado. Literal sentí que me faltaba un accesorio para estar completa en el show.
Volví tan rápido que fue como si el destino me jalara; el clac de mis tacones caminando hacia el estacionamiento y la respiración cortita no me dejaban pensar.
El maletero se cerró y el mundo se apagó
Ya en el estacionamiento caminábamos tratando de que nadie notara nada… aunque sinceramente, nuestro look y el “apúrate” daban exactamente vibra de “robo de banco, edición discreta”.
Llegamos al coche, y yo me metí, pero no en el maletero… sino adelante. Él me siguió y nos quedamos en modo “espías novatos”: mirando de un lado, luego del otro, asegurándonos de que no hubiera nadie por ahí.
Y en cuanto nos vimos a la cara, hicimos el gesto clásico de: “no sabemos lo que estamos haciendo, pero hagámoslo”. No lo pensamos más. Salimos rápido, él abrió el maletero y yo… literalmente me metí completa ahí dentro, me quité el abrigo y me acomodé como pude ahí.
La primera víctima de la noche fueron mis medias negras: literalmente sentí cómo se me abría una carrera en línea recta… y luego otra. Suspiré resignada.
Él, ya después de asegurarse otra vez—por enésima vez—de que estábamos solos, se giró… y me vio ahí dentro. Mi esposo me miraba con esa expresión reservada para cuando uno presencia algo extraordinario. Como un eclipse. O a su esposa, tan campante, metida en el maletero de un coche, en lencería y medias, como si eso fuera lo más normal del mundo.
Luego de un segundo, tomé la bolsa y se la di. El no la noto, solo me miró con cara de “¿En serio vas a seguir con esto?” Lo miré mientras tomaba un pedazo de cinta gris y me amordacé. El sonido de la cinta al pegarse a mi piel fue seco. Luego coloqué mis manos a la espalda y esperé.
No sé si pasó un segundo o una eternidad. Para mí fue lo mismo. Hasta que por fin sentí cómo las cuerdas se enrollaban alrededor de mis muñecas, primero firmes, luego más apretadas, y luego, con igual firmeza, alrededor de mis tobillos mientras yo hacia lo posible por permanecer como una estatua, tratando de pensar en otra cosa.
El tiempo se me hacía eterno y mi mente, divagadora por naturaleza, comenzaba a divertirse imaginando problemas. ¿Por qué se estaba demorando tanto? ¿Y si alguien nos veía? ¿Y si se acercaba al…? “Mmmpphh”. El sonido se escapó de mis labios al sentir tensarse una cuerda entre mis tobillos y mis muñecas. El hogtied no estaba en los planes (o no recuerdo que estuviese en la película de aquella noche) pero por lo menos me regresó al ahora.
Acto seguido y sin mayor ceremonia él cerró el maletero del coche con un suave golpe.
La oscuridad se apoderó del lugar. Y con ella, el silencio—demasiado definitivo. Sentí esa inevitable sensación de encierro en la boca del estómago. Mi respiración, que ya no quería ser calma, se mezcló con el olor a goma y polvo, que me golpeó de frente.
La realidad me alcanzó de golpe. Ahora estaba realmente atrapada.
Intenté forcejear con mis ataduras pero eso solo incrementaba mi sensación de indefensión y vulnerabilidad.
Ahora sí, oficialmente ya era la chica atada y amordazada en el maletero de un coche. En este momento ya podía proclamar “fantasía cumplida” (eso si pudiera hablar, claro está).
Tumbos, baches y un vecino inoportuno
Afuera alguien se subió al coche y lo encendió. El coche comenzó a moverse. Y el miedo real comenzó a asomarse. Empecé a pensar que tal vez mi esposito sí tenía razón y yo estaba bastante más loca de lo que creía.
Nos empezamos a mover. Un “mmpphh” fue mi respuesta involuntaria al movimiento repentino. El corazón empezó a latirme con más fuerza, insistente… como si quisiera escapar de mi pecho y gritar que ya estaba pasando demasiado rápido.
¿Y si el maletero no quedó bien cerrado? ¿Y si nos accidentamos a mitad de camino? ¿O nos paraba la policía? Intenté desatarme pero fue imposible. En ese momento todo mi cuerpo era un desastre de emociones. Miedo. Curiosidad. Vulnerabilidad. Excitación. Adrenalina. Todo mezclado.
Pero cuando tomamos la primera curva, mi cerebro me llevó directo y sin escalas a mi época de colegio, cuando mi profesora de física me sugería que prestase más atención a las clases, que algún día me resultarían útiles. Cada curva, cada bache del camino me enseñó una nueva lección sobre física aplicada. Y el hogtied no ayudaba en nada a suavizar el aprendizaje.
La verdad nunca se me había ocurrido pensar en algo que ahora me resulta muy pero muy obvio: los maleteros de los coches están diseñados para guardar equipaje. No Gabys.
Cada vez que el coche giraba yo también me movía de un lado al otro dentro del maletero. Cada vez que el coche pasaba por un bache yo rebotaba dentro con el respectivo “Mmmpphh”. Ahora sí que estaba asustada.
No sé cuánto duró la travesía (el tiempo, en el maletero, parecía transcurrir de otra forma), pero de repente el coche bajo la velocidad y, después de algunas maniobras, se detuvo. Sentí un poco de alivio. Mi aventura había terminado. O eso pensaba.
Esperaba que mi esposito abriera el maletero en cualquier momento. Pero luego de un rato me di cuenta de que eso no iba a suceder. Estaba sola. En un maletero de un coche. Atada y amordazada. Y el pánico empezó a hacer de las suyas.
A ratos escuchaba que alguien pasaba al lado del coche hablando como si nada… y yo dentro, escondida, con la dignidad hecha migas. Porque claro: si me pillan, ¿qué digo? “Hola, no, no me han secuestrado: estoy aquí viviendo una fantasía incómoda. Sí. En lencería, atada y amordazada.” (aunque ahora que lo pienso, ellos solo iban a oir “mmpphh… mmpphh”).
Lo único que podía pensar en ese momento era en cuánto tardaría mi esposo en volver. Por fin escuché la puerta abrirse nuevamente. Mi esposito, había regresado de lo que sea que andaba haciendo, quien más podía ser. Pero hasta esa certeza comenzaba a abandonarme ¿Sería él? Tenía que ser él.
Y entonces mi imaginación se puso a trabajar por su cuenta, sin mi autorización (como siempre) ¿Y si alguien le robó las llaves del coche a mi esposo? ¿A dónde me llevan ahora?
El coche arrancó y yo atrás otra vez, con el cuerpo girando en contra de mi voluntad, como si fuese una bolsa de compras en modo montaña rusa. El trayecto fue una tortura, no por los golpes si no por mi cerebro jugando conmigo. Eso convirtió todo a algo inexplicablemente intenso y atractivo.
Luego de un tiempo el coche se detuvo. Oí la puerta abrir y cerrar, y yo deseando que esta vez el maletero sí se abriera, en cualquier momento. Pero entonces escuché otra voz. Otra. No era la de mi esposo. Me quedé helada. Fue como si el aire me dijera: “ahora sí, infarto, por favor”.
Otra vez me quedé muy quieta, haciendo de estatua. Pero de una estatua que, si pudiera hablar, diría: “por favor, que nadie me vea, que hoy no soy yo, soy una versión mía muy avergonzada.”
Al rato escuché otro coche encenderse. Un minuto después, la puerta se abrió y ahí estaba mi esposo. Me quedé con la cara congelada de emoción… y de vergüenza, las dos cosas luchando por el primer lugar. Soltó el hogtied, desató mis manos y entrecerró el maletero. Lo primero que hice fue quitarme la mordaza que me estaba matando (odio esa cinta gris) y sentí que podía respirar normal otra vez.
Luego hice lo que cualquier persona racional vestida en lencería en el maletero de un coche haría: vestirme a medias y correr. Me puse el abrigo encima y recé para que no se notara nada. Solo quería salir de ahí: del coche, de mi vergüenza y de mi versión en ropa interior que ya no quiere volver a existir.
Abrí la puerta apenas, él me señaló para que saliera y yo obedecí como si me hubieran dado un pase de seguridad. Salí a la luz del estacionamiento y me puse a caminar hacia el apartamento como Bambi: piernas a punto de declararse en huelga, temblando igual que antes, pero con la diferencia de que esta vez temblaba con alivio… y con la vergüenza pegada por detrás como etiqueta invisible.
Llegué metiéndome directo a la ducha. Me puse a pensar en la locura que habíamos hecho. En mis medias arruinadas. En todo lo que pudo haber salido mal...pero que no pasó. En todos los moretones que iban a aparecer en mis brazos y piernas. En la adrenalina y la excitación. En que había cumplido la más loca de mis fantasías.
¿Y tú, te atreverías a vivir tu fantasía?
Está de más decirles que ni en broma volví a intentar algo parecido, pero ahora que estuve recordando ese loco momento de mi vida, pues estoy feliz de haberlo hecho. Y puede que sí esté algo loquita en realidad, pero disfruté mucho de esa locura. Así soy yo.
Aquella noche, mientras me secaba el pelo, no podía dejar de pensar en todo lo que había pasado. En el miedo, en la adrenalina, en la emoción. En lo loco que había sido todo. Y también en lo afortunada que soy de tener un esposo que, aunque piense que estoy un poco loca, está dispuesto a acompañarme en mis locuras.
¿Y tú? ¿Tienes alguna fantasía que te atreves a compartir? ¿O alguna que te gustaría vivir, aunque sea solo una vez? Cuéntamelo en los comentarios. Me encanta saber que no soy la única que tiene ideas locas.

Excelente relato! Espero poder leer mas cono estos.
ResponderBorrarGracias. Me alegra saber que te gustó. Eso me anima a seguir escribiendo.
ResponderBorrarUna pregunta que nunca he entendido. Cuando te pones una mordaza, como haces o que tipo de mordaza te pones para no poder quitartela? Siempre me ha resultado excesivamente facil abrir un poco la boca o con la lengua quitarmela. Hay algun truco o algo? Esta genial tu bloc. Un saludo
ResponderBorrarHola Julia, gracias por pasar a visitarme. Con respecto a la mordaza lo primero que debes tener en cuenta es tu seguridad. Me parece muy bueno que puedas quitarte la mordaza tu solita cuando lo desees o necesites. Con una mordaza mas restrictiva debes tener mucho más cuidado. De todas formas te cuento que yo acostumbraba usar lo que llaman una cleave gag con un nudo en el medio. Para que no se salga, todo depende del tamaño del nudo y de que tan apretada esté la mordaza. Divierte mucho con las cuerdas y las mordazas (...y con seguridad)!!!
ResponderBorrarGran experiencia, gracias por compartirla. Ya te olvidaste de nosotros en el foro.
ResponderBorrarHola Efimero. Gracias a ti por visitar mi blog. Ciertamente los tengo algo olvidados, mala amiga que soy, jajaja. Pero no te preocupes que pronto volveré a compartir con todos ustedes.
ResponderBorrarPues yo nunca he pensado en alguna experiencia como esta... sin embargo he visto algunos videos. Pero tal como mencionas, creo que ya de por sí existen muchos riesgos por esta práctica, y agregarle un poco más a cosas que no están en "manos de uno" es más difícil y peligroso.
ResponderBorrarSaludos.
-EI-
Hola de nuevo!
ResponderBorrarOtra anécdota emocionante y excitante. Imagínate que algún vecino haya podido presenciar como te metías a la cajuela...
Y creo que no mencionas el horario de la experiencia, pero en mi imaginación sucedió por la tarde, y cuando llegas a bañarte ya era noche.
Gracias por contar la fantasía hecha realidad!
Saludos!
-EI-
En esa época era algo más aventurera, loca y pensaba menos en las consecuencias. Ahora no me atrevería a hacerlo nuevamente.
ResponderBorrarHe llegado aquí de casualidad, buscando las famosas tecnicas de atar, y sus fotos, John Willie, porque quiero po
ResponderBorrarHe llegado aquí casi de casualidad buscan técnicas, y fotografías, de John Willie, y reconozco que ¡ME HA ENCANTADO!
ResponderBorrarNo sé bien como seguirte, pero intentaré hacerlo para poder disfrutar de otras lecturas como esta.
A mi se me ocurre que, después de meterte en el maletero te lleve a un hotel. Y ya estando allí te arranque la ropa interior y te haga el amor asi, indefensa.
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