Creo que nunca le contaré esto a mi mejor amigo... ¿o sí?
¿Y si algún día le contara a mi mejor amigo mis fantasías?
—¿Para que son esas cuerdas?
Yo parpadeé. Porque a veces la vida te mira y te dice: “¿En serio traes eso así, nomás al aire?”
Y yo, muy lista, respondí:
—Eh… ¿cuerdas? ¿Cuáles cuerdas?
—Esas. Las que sobresalen de tu bolso.
Tragué saliva.
—Ah, sí… esas. Son para atar algo en la casa. Nada importante. Ya sabes.
“Ya sabes” es mi muletilla oficial cuando la realidad me está delatando.
Pero él continuó presionando, tal vez con ganas de involucrarse.
—¿Sí? ¿Qué cosa? Tal vez te pueda ayudar. Soy bueno atando cosas.
“Atando cosas.” Mi cerebro que no necesita que lo aticen mucho para empezar a inventar universos enteros, empezó automáticamente a crear escenarios con eso.
—Jajaja, qué considerado… pero no. No es necesario. Yo puedo sola—digo, atarme sola… atar… yo ato… eso.
—¿Atar “qué”?
—Pues… ya me tengo que ir. Bye.
OK, esta bien, así no fue exactamente como ocurrió la conversación. Es más, nunca ocurrió. Pero así me pongo cuando siento que me pillan con las manos en la masa (o en las cuerdas mejor dicho).
Y ahí es cuando mi cerebro ocioso y malintencionado hace su show y empieza a responder preguntas que ni siquiera le formulan. Como si fuera su hobby hacerme pasar vergüenza ante otros.
—Sabes, estas cuerdas no son para nada malo.
— ¿Cuáles cuerdas Gaby? No veo ninguna.
—Estas, las que traigo aquí en mi bolso ¿ves? Es que una nunca sabe cuando se necesitan…”
Y así transcurre mi vida. Tratando de convencer a mi mente de que puede entretenerse con otras cosas. Esto aun es una asignatura pendiente.
En fin. Estas situaciones siempre terminan en mi mente en la misma inquietante pregunta: ¿Y si algún día le contara a mi mejor amigo mis fantasías?
Mi cerebro, ese guionista entrometido
La verdad, ni siquiera es necesario que mi mejor amigo me pregunte por cuerdas. Ni por cuerdas, ni por nada. Ni otro amigo. Ni siquiera un desconocido. Mi imaginación ya resolvió ese problema y tiene el elenco completo para eso.
El asunto es que mi cabeza no funciona como “pensamientos” normales. Mi cabeza funciona como esas películas donde aparece un angelito en un hombro y un diablito en el otro.
Solo que la mía vino con un defecto de fábrica.
Tiene dos diablitos, uno en cada oreja. Y ambos con ganas de causar problemas.
Un diablito me tienta, me incita a ser valiente, a confesar todo. Sin importar que se rían de mí, o me tomen por loca.
—¿Y que pasaría si… le cuentas a tu mejor amigo?
—Ni en broma. Se va a reír de mí.
—Claro, pero es porque te ves muy cómica cuando estás intentando desatarte.
—¿Qué? No. Además va a pensar que estoy loca.
—Pero eso es un poquito cierto. Recuerda que estoy dentro de tu cabeza.
—Ok. Pero eso no viene al caso ahora. No se lo voy a decir. Punto final.
Mientras, el otro diablito me susurra que lo que podría ocurrir puede que no sea tan malo, que podría tener consecuencias, pero de las bonitas. De esas que hasta las podría disfrutar.
—Pero…
—¿Qué?
—¿Y si le gusta?
—¿Sí le gusta qué?
—Las cuerdas. Tontita.
—¿Las… cuerdas?
—Sí, las cuerdas. Y también jugar, ya sabes.
—¿A… atarme?
—Sí.
—¿Y… amordazarme?
—Por supuesto.
—¿Y…? Ay, ya, diablitos… déjenme en paz.
—Ok. Pero tú te lo pierdes.
Y ahí me quedo yo, atrapada entre la tentación de ceder, de confesarlo todo y disfrutar de las consecuencias bonitas, y el terror de quedar expuesta, de ser juzgada por… todo, mientras los dos diablitos se ríen a carcajadas, preparándose para repetir esta tortura porque, bueno, porque al parecer no tienen nada mejor que hacer.
Aunque para ser sincera, alguna vez creo que sí lo hice. Sí se me salió decírselo a alguien, a mi amiga. Bueno, tal vez no con todas las palabras y detalles, pero sí. Creo.
No sería la primera vez que mi secreto intenta escaparse
No sería la primera vez que mi secreto intenta salirse de su escondite sin pedirme permiso.
En la adolescencia eran “juegos”, así, entre comillas mentales. ¿Policías y ladrones? ¿Indios y vaqueros? ¿A quién le importa el nombre si la dinámica era la misma de siempre? Yo ya no me acuerdo bien del libreto… pero sí me acuerdo del final.
Siempre terminaba igual: con las cuerdas alrededor de mí.
Como si yo fuera la protagonista del episodio en el que te amarran por error… pero error recurrente, error con secuela, error con producción.
Nunca era una conversación como tal. Nunca era “oye, hablemos de esto”. Era más bien travesura disfrazada de juego, donde el “no sé” se convertía en “pues ya pasó”.
Muchos años después, con Denise, volvió a pasar.
Con Denise siempre pasa lo mismo: cuando una ya cree que ganó una discusión, resulta que apenas estaba calentando.
Ella es el tipo de persona que no acepta un “no” por respuesta. No es que sea cruel—es peor: es insistente. Como si el “no” fuera solo un trámite administrativo. Ella lo escucha y, en vez de retroceder, se queda pensando cómo convertir ese “no” en un “sí”.
Así que cuando mi secreto intentó asomarse (otra vez), no tuvo que empujar mucho. Solo aprovechó que yo ya estaba cansada de pelear con explicaciones. De esas en las que tú estás tratando de salvar la situación y el otro está tratando de ganar la conversación.
El caso es que sigo sin saber si Denise realmente no se dio cuenta… o si se dio cuenta y eligió la opción más amable: hacerse la distraída.
Eso me hace reír… y también me pone un poquito orgullosa, porque es raro: mi secreto intenta escaparse, yo casi lo dejo, y al final siempre lo regreso a su jaula sin que nadie me haya agarrado en flagrancia.
Casi. Siempre casi.
Creo que seguiré guardando este secreto... por ahora
Mi plan vuelve a ser exactamente el mismo: no digo nada. Ni una insinuación. Ni una palabra suelta. Ni un “ay, mira qué casualidad”. Nada. Silencio absoluto.
Me parece una estrategia excelente. Lleva funcionando… bueno, años. Lo cual es un argumento fuerte si lo piensas bien. Aunque también tengo que admitir que llevo años imaginando conversaciones que jamás ocurrieron, así que tampoco sé si mi criterio es el más confiable del mundo. Pero oye: mi imaginación al menos es constante.
Y por eso, cuando lo repito en voz baja dentro de mí, hasta me convenzo: Voy a guardar las cuerdas otra vez.
Voy a estar bien.
Voy a seguir siendo la versión normal de mí… por ahora, aunque conozco a mis diablitos. En cualquier momento vuelven a organizar otra reunión sin avisarme.
¿Tú qué haces cuando te pasa que tienes algo que te da pena admitir, pero tu mente lo repite como canción? ¿Lo guardas en silencio… o lo sueltas en chiste para que no se note?

Si yo fuera tu mejor amigo... terminarías bien atadita y amordazadita.
ResponderBorrar...yo sabía que siempre se puede contar con un buen amigo, jajaja
ResponderBorrar😂😂 y quizás al final el amigo te diría que lo volvería a hacer cada vez que lo necesites y requieras, pues para eso son los amigos... 😂😂😊😆
ResponderBorrar-EI-
Por supuesto!!! Siempre se puedo contar con un buen amigo para que te ate y amordace 😋
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