Otra vez soñé con damiselas en apuros

Mi subconsciente tiene una extraña obsesión

Hay gente que sueña que vuela. O que corre por pasillos interminables para llegar al trabajo “justo a tiempo”. O que busca su celular en la bolsa… y encuentra un pastel (o una zanahoria). En fin: sueños normales.

Yo también sueño cosas así. A veces.

El problema es que mi cerebro no siempre anda en modo “normal”. De cuando en cuando me manda cosas más vívidas. Más reales. De las que te despiertas como si acabaran de apagar una alarma en tu cuerpo: sobresaltada, confundida, y con la sensación de que mi cuerpo ya había decidido algo antes de que yo pudiera decir “¿por qué?”

Y no, no me despierto diciendo “¡wow, que aventura!”. Me despierto más bien con un poco de vergüenza. Vergüenza de esa que no es tragedia, pero sí te hace acomodarte la cobija como si el sueño te hubiera pillado haciendo (o pensando) algo indebido.

Luego… viene la segunda parte: la risa. Porque mis sueños no vienen con discreción. Mis ideas tienen vida propia.

Mi subconsciente se comporta como guionista recién graduado, trasnochado y con demasiado café: escribe historias de damiselas en apuros, tiernas y vulnerables; mete villanos intensos—de esos que no se ven, pero se sienten (y yo desde mi cama diciendo “yo no pedí esto” ¿o sí?)

Y siempre, siempre pasa lo mismo: en mis sueños los villanos me persiguen.

Aunque yo no haga nada. Aunque yo jure que me porto bien. Aunque yo intente negociar con mi propia imaginación: “¿pero por qué? si ni siquiera—” No importa. La razón parece no importar. Solo quieren atraparme.

Y ahí es cuando, como si fuera utilería obligatoria del universo, aparecen las cuerdas. Y también las mordazas.

Y cuando empiezo a tener esos sueños, siempre empiezan igual: conmigo en lo más profundo de ese mundo onírico donde todo es oscuro y yo ando a tientas, inquieta, buscando.

Y en esa oscuridad comienzo a sentirlo: un movimiento pequeñito, casi nada. Que se multiplica alrededor mío. Que sube por mi piel, despacio, suavemente, tímidamente…

Ahí está. Sí.

Cuando el sueño empezó a sentirse demasiado real

De repente, lo que era una sensación liviana se vuelve una presencia.

Como si el sueño dejara de ser “idea” y se convirtiera en algo que tiene manos. Algo que me encuentra. Algo que se enrolla en mí y decide quedarse.

Yo intento incorporarme, buscar alivio, tocar… y descubro que mi cuerpo ya no es del todo mío.

Me sujetan las manos. Me inmovilizan las piernas. Una venda oscurece mis ojos y mi voz desaparece antes siquiera de intentar salir.

Y yo—yo soy la damisela de mis sueños, siguiendo un guión que alguien decidió para mí—solo puedo oir. Solo puedo sentir.

Y la idea de “soy prisionera” se me enciende en la cabeza con una claridad ridícula, tentadora.

Y sí, quiero que no termine. Quiero que se quede en el punto donde todavía me puedo sorprender.

Pero entonces el sueño se decide. Empieza a subir el volumen. A poner más intensidad. A apretar justo donde más me incomoda.

Yo me desespero—me desesperaría normal—pero en mi caso me desespero con estilo: intentando negociar con mi propia imaginación mientras por dentro pienso “por favor, por favor, no…”.

Y entonces desperté...

Ya no puedo seguir resistiendo. Y el momento exacto en que mi cuerpo entiende que no manda y mi mente solo alcanza a reaccionar, sale:

“MMMMMMMMMM”

Abro los ojos. Agitada.

Aun prisionera. Como si las cuerdas siguieran ahí, en modo fantasma.

Aun entre el sueño y la realidad.

Mi esposo se despierta sobresaltado. Y me rescata. Mi héroe.

—“¿Qué pasa, amor? ¿Estás bien?”
Lo miro aun con la respiración agitada, me muerdo los labios mientras lo pienso.

No quiero explicarle la telenovela que mi cabeza armó anoche. En ese momento quiero otra cosa.

Mi cerebro, amante de lo dramático aun medio dormida, me lleva a hacer lo único lógico en ese momento: me abalanzo sobre él y lo beso apasionadamente.

Él, el héroe oficial de mis dramas nocturnos, es el único que me puede dar lo que necesito en ese momento.

Si tus sueños te persiguen…

Desde entonces acepté que mi imaginación tiene vida propia. No vive conmigo exactamente (porque si viviera, ya me cobraría renta), pero sí: tiene llaves, agenda y la costumbre de aparecer en cualquier momento, hasta cuando ya me dio sueño.

Hay personas que sueñan con playas. Otras con montañas. Yo sueño con villanos dramáticos, damiselas en apuros y rescates que jamás terminan como deberían… como si el final se hubiera perdido en algún lugar entre la cobija y mi dignidad.

Y entonces llegué a la conclusión más adulta y aterradora del mundo: supongo que cada quien carga con sus propios problemas. El mío… usa capa.

No significa que yo quiera vivir todo eso siempre ni que de pronto me haya vuelto protagonista de mi propia película de “damisela en apuros”. Solo significa que, cuando cierro los ojos, mi mente se pone creativa (y un poquito intensa). Y eso—para bien o para vergüenza—es parte de mí.

Definitivamente mi subconsciente tiene una fijación con las cuerdas… y, por lo visto, no piensa dejarme dormir tranquila.

¿Y tú? ¿Alguna vez te despertaste con cara de “no sé si correr o aplaudir”? Cuéntamelo en los comentarios. Me encanta saber que no soy la única que sueña con villanos y cuerdas.

Comentarios

  1. Que bonito y maravilloso sueño 😊 y que mejor despertar con la persona amada para seguir disfrutando todas esas emociones y sensaciones!
    Saludos!
    -EI-

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