Cómo un pequeño candado casi arruinó mi noche en el hotel (y lo que aprendí sobre el selfbondage)

Solo iba a jugar un ratito antes de cenar

El día de trabajo estuvo pesado, muy pesado. Viaje madrugador, presentaciones—una, otra—y luego las reuniones que parecían no tener fin.

Y luego estaban las invitaciones a cenar. Infaltables. Normalmente digo que sí, aunque esté cansada, porque no me gusta hacer la descortés con gente que al menos parece amable (aunque luego uno nunca sabe).

Pero ese día yo solo quería llegar al hotel.

Porque en mi equipaje me estaba esperando algo. Una invitación a jugar: mi “modo noche”, como le digo, y unas cuerdas. Y es que los hoteles tienen una vibra misteriosa que, por alguna razón, siempre conecta con juegos de ataduras (¿Qué?¿Solo a mí me pasa?).

Solo iba a jugar un ratito. Solo para desestresarme, claro está… o eso me digo al principio.

Y como un lector me pidió que contara algo personal (al parecer no cuento suficiente), pues aquí está la mía.

Cuando un candado me pareció una idea brillante

Cuando entré a la habitación, dejé mis cosas donde cayeran y me lancé boca abajo sobre la cama. Honestamente, creo que la opción más sensata habría sido quedarme así hasta el día siguiente. Un masaje—sobre todo en mis pies—y listo: modo relajación activado.

Pero mi mente, aunque ya venía medio dormida, se tomó la molestia de despertarse con el único propósito de no dejarme tranquila: “¿Y si en vez de descansar… me relajara, a mi manera?”

Me incorporé, miré mi equipaje y ahí estaba: una simple bolsa de plástico. Dentro, yo ya sabía lo que había. Un juego de lencería blanca (sí, el “modo noche”), medias incluidas… y, más aún, unas cuerdas blancas.

Me quedé mirándola como quien mira un pedazo de torta del día anterior: “no debería… pero tampoco puedo no mirarlo”. Se estaba haciendo tarde; la hora de la cena ya iba a llegar. Y yo, por alguna razón, no podía apartar la mirada de la bolsa.

¿Tal vez solo un ratito?

No sé por qué me molesté en pensar en eso si ya sabía la respuesta: solo un ratito (sí, como no). Me cambié. Extendí las cuerdas sobre la cama. Hice una respiración dramática de esas que se hacen antes de tomar malas decisiones… y empecé a atar mis pies.

Y justo cuando estaba terminando de amordazarme con la pañoleta grande, la vi.

Asegurado en la maleta, un pequeño candado, mirándome con esa cara inocente que tienen los objetos cuando todavía no sabes que van a meterte en problemas.

Lo miré con la seriedad de un científico evaluando un experimento. Y medité, sí, medité profunda y detenidamente… bueno, lo intenté, por un segundo (en realidad fue menos). Y luego mi lógica se fue por el camino que siempre toma cuando estoy cansada, llegando inevitablemente a la única conclusión sensata que podía tener: ¿Y si… me ataba en hogtied, pero con ese pequeño e inofensivo candado?

Tomé el candado y lo puse sobre la cama.

¿Qué podía salir mal?

Podía oir a mi cerebro sacando furiosamente cálculos invisibles con cierta premura para luego entregarme ceremoniosamente sus resultados. Miré nuevamente la bolsa blanca, y ahí estaban: mis tijeras de seguridad, mi plan de escape. Respiré aliviada.

Como pude me arrodille sobre la cama (mis pies atados no colaboraban para mucho más) y las coloque sobre la almohada cerca de la cabecera de la cama, al alcance. Listo.

Y cuando iba a continuar con mi dinámica de atarme a mi misma lo ví. Otra vez. El candado. Tenía una pequeña llave, muy pequeña. Minúscula. Ok, exagero, pero sí era pequeña.

Tomé la llave y la miré detenidamente. Debo confesar públicamente que lo que hice a continuación no lo pensé, ni medio segundo: tiré la llave detrás mío. Pude oír aterrizar la llave en la alfombra. Estaba ahí, en algún lugar en el piso de la habitación.

Instantáneamente el universo me contestó con un: “¿De verdad?”

Claro, pensé: “Sería entretenido buscarla mientras estoy atada.”

Además, tenía mis tijeras de seguridad a mano. Tampoco es que estoy loca (no tanto, pensaba).

¿Qué podía salir mal?

Continué con el siguiente paso: atar mis manos a mi espalda. Y sí: debo confesar que me había vuelto buena en eso… con esa confianza que aparece cuando el cuerpo todavía no ha recibido el “golpe” de la realidad.

El plan era bonito: una cuerda para el hogtied con el candado listo para unirla a mis tobillos, todo bien medido… hasta que entendí que mi “medido” tenía cero contacto con la realidad. La cuerda era tan corta que el candado terminó como quien dice: “gracias por el intento, pero yo cierro cuando se me da la gana”.

Y entonces pasó: el clic. Ese clic pequeño, aparentemente inocente, que indicaba que, ahora sí, el candado cerró… y yo me quedé atrapada en mi propia trampa.

Por un rato estuve muy satisfecha con mi trabajo. Me tumbé en la cama para disfrutar mi indefensión. Un suave “Mmpphh” escapo de mis labios. Y fue cuando caí en la cuenta de que, efectivamente, el hogtied estaba… demasiado bien. De esos que no te preguntan si estás cómoda: simplemente te enseñan quién manda.

Estuve ensimismada por la emoción y la adrenalina, como cuando te emocionas tanto que se te olvida el resto. Y no noté que para ese entonces la habitación ya estaba bastante oscura.

Al fin entendí—con una claridad que aparentemente se iba desvaneciendo—que ya era tiempo de soltarme de mis ataduras.

Probe una vez más mi hogtied. Apretado. Muy apretado.

Pero no importaba: solo tenía que encontrar la llave y estaría libre otra vez.

¿Qué podría salir mal?

La habitación empezó a apagarse

En el pasillo, los pasos eran los de siempre: calmados, casuales, como si el mundo siguiera su ritmo y yo siguiera siendo una persona normal. Eso era lo más cruel de todo—que fuera, todo parecía bien. Dentro, yo estaba atada y amordazada. Y mi imaginación no tardó en sumar capas: escenas tras escenas de posibilidades incómodas.

La tarde se fue apagando y, sin pedirme permiso, entró la noche. Y yo, claro, con el problema más sencillo del mundo: escapar rápido de mis ataduras, del hogtied. Excepto que para eso necesitaba la llave. La llave que estaba… en algún lugar. En el piso.

Decidí bajar a buscarla. O sea: pensarlo. Ponerlo en práctica fue otra cosa. Porque mi plan no contemplaba lo ajustado del hogtied. No contemplaba la lentitud obligatoria. No contemplaba, sobre todo, que la oscuridad, como todo buen villano, tenía una paciencia escasa.

Así que hice lo que hacen las personas listas, o al menos optimistas: intentar. Primero me las arreglé para llegar al borde de la cama. Luego, bueno… resbalarme lentamente hasta el piso, como si fuera un episodio de torpeza con presupuesto limitado.

Un “Mmmpph” seco selló el momento. Llegué al piso. Excelente. El resto fue buscar la llave con la calma de quien sabe que ya no tiene tiempo. Para cuando logré arrastrarme hacia donde suponía que estaba, la habitación ya era pura noche.

La oscuridad, cual villano tenebroso, ya me había hecho su prisionera, atrapándome con su manto de tinieblas.

La llave estaba ahí... pero yo no

Con cada movimiento, con cada esfuerzo mínimo para poder avanzar, sentía el hogtied tensarse como si estuviera haciendo chismes sobre mí en algún comité secreto. Y de mi boca solo salía ese “Mmpphh”… que no ayudaba nada, excepto a recordarme que sí, que estoy aquí, en esta situación, y que mi cuerpo también opina.

Lo peor no era estar atrapada físicamente. Lo peor era estarlo sensorialmente: sentir todo a la vez, con el corazón acelerado, el tiempo corriendo y mi mente inventando toda una temporada de sus series favoritas.

¿Cómo un candado tan pequeño podía hacerme sentir tan… indefensa? Todo el mundo habla de “objetos inocentes” y yo aquí peleándome con uno como si fuera el villano principal de temporada.

Nunca había usado un candado para estos juegos. Y ahí estaba, tan pequeño, tan inocente... y yo pensando que era una gran idea invitarlo a participar.

En cuanto sentí que ya era hora (porque claramente el “ya era hora” no lo hace el tiempo, lo tengo que fabricar yo), empecé a tantear el piso buscando la llave. La que supuestamente estaba ahí. La que supuestamente era fácil. La que en mi cabeza era un detalle.

Nada.

Nada otra vez.

Me arrastré hacia “otro lugar”, como si el universo fuera a recompensarme por cambiar de coordenadas.

Mi corazón latía fuerte. Por el esfuerzo, sí. Pero también por esa certeza que se siente en el estómago: estaba atrapada de verdad. No dramatizando. De verdad.

Me detuve un momento. Necesitaba aire mental. Necesitaba ordenar la lógica por más de medio segundo. Y entonces llegó la pregunta inevitable, con tono de villancico: ¿el universo estaba conspirando? Dentro de mí ya sabía la respuesta. Solo que me negaba a decirlo en voz alta.

Y ahí recordé: ¡mis tijeras! Las había dejado en la cama, cuando todavía yo estaba en la cama. Miré hacia la penumbra. Hacia donde estaba la cama.

Y ya no. Inalcanzables. Como si el cuarto me hubiera quitado el acceso a mi propio kit de escape. No fue el cuarto: fui yo.

Volví a lo mío cuando escuché pasos afuera. Una persona caminando, normal. Cada quien en lo suyo. Yo, en cambio, convertida en un proyecto de vergüenza con candado.

Y entonces se me ocurrió la idea más ridículamente humana: ¿y si… “Mmpphh”? Repetí, más fuerte esta vez. “Mmpphh”.

Los pasos se detuvieron. Yo también, automáticamente, como si mi cuerpo entendiera que acababa de cruzar una línea sin saber cuál era.

Porque de pronto imaginé la escena: alguien entra a la habitación, me ve así—en lencería blanca, y atrapada por un candadito—y en su cara aparece esa mezcla de “no sé qué hacer con esto” y “¿en serio?”. Y la vergüenza me ganó al pánico.

Entonces lo visualicé demasiado bien. Atrapada toda la noche hasta… hasta que me descubra la señora de la limpieza. Yo muriéndome de vergüenza, inventando excusas locas, absurdas, cada una peor que la anterior, mientras ella me mira con la llave en la mano, con cara de “Disculpe, señora. No sabía que estaba… ocupada. Si quiere vuelvo más tarde. Solo mueva la cabeza afirmativamente y entenderé”. Qué horror.

Una pequeña llave... y una gran lección

Me quedé en el piso, que es básicamente el lugar donde las decisiones “brillantes” se vuelven humildes. No, no me puse a llorar, aunque sí quería. Pero recordé que soy una niña grande… y además estaba ocupada sobreviviendo al modo “buscar una salida sin poder usar las manos, o no como una quisiera”.

Desde mi ángulo de resignación, en ese momento solo tenía ojos para una sola cosa: la luz que entraba por debajo de la puerta. No era luz de “todo va a estar bien”. Era luz de “te estoy dejando ver lo suficiente para que no te rindas… y también lo suficiente para que te dé más coraje”.

No sé en qué momento, pero giré la cabeza. Como cuando pierdes el celular y por fin lo ves ahí, frente a ti, en un sitio que juras que no estaba hace un minuto… salvo que aquí no era un “celular”, era una llave escurridiza.

Ahí estaba. La pequeña llave. Tan chiquita, tan discreta, tan… insultantemente obvia una vez que la encontraste. Mi mente, por supuesto, decidió acompañar el hallazgo con una vocecita interna que decía algo como “claro, estaba justo ahí”.

Me moví hasta donde podía. Y cuando por fin la tomé, salió otro “Mmmpphh”… pero esta vez no por esfuerzo, no por tensión, no por pánico. Salió de puro alivio. Como si mi cuerpo dijera: “Ok. Ya. Ya entendimos que había una salida”.

Ahora, para que no se les ocurra pensar que fue un final de película: el escape no fue rápido. Fue lento. Muy lento. De esos movimientos que te obligan a negociar con la gravedad y con tus propios límites. Pero no importaba porque tenía lo que necesitaba: la llave. La sensación de “sí, solo dame un segundo… o mejor dos”.

Finalmente, después de liberarme, el deseo que llevaba rato callado se despertó con una sinceridad brutal. Mi mano encontró una manera normal—de esas que nadie te enseña pero tu cuerpo recuerda—y yo solo… ya sabes, no pensé tanto. Actué.

Un “Mmpphh” ahogado final me recordó que había olvidado quitarme la mordaza. Tontita yo. Así que luego de recuperar el aliento, la quité.

Me quedé ahí en el piso por varios minutos (no se cuantos la verdad) y luego me dí una ducha. Fría. Y luego bajé a cenar. Como si nada hubiese pasado. Salvo que las marcas en mis muñecas no me iban a dejar olvidar tan rápido todo esto.

Y así aprendí algo esa noche que me quedó pegado más que cualquier cuerda: una fantasía puede cambiar totalmente cuando le quitas la cosa más importante—la sensación de que tienes una salida. Porque cuando ya no existe esa salida, todo se vuelve demasiado real. Demasiado intenso. Demasiado para tu paciencia.

Pero en cuanto la llave apareció… todo volvió a tener sentido. No como antes, no como en el plan original, pero sí como algo que termina contigo respirando más tranquila.

Hoy sigo viajando...

...pero ya nunca juego igual.

Ok. Sí lo hago. Porque bueno… yo soy así: sigo saliendo de viaje con mi “modo noche” guardado en mi maleta, y también con mis cuerdas y mordazas… porque, sorpresa: las fantasías no se me quitan como calcetines en una esquina.

Pero ahora lo hago distinto. No en plan “ya nunca más”, sino en plan: “voy a ser más inteligente conmigo”. Con más experiencia. Con más cuidado. Con más seguridad. Y con una regla nueva que antes no existía: pensar más de medio segundo las cosas. O sea, antes yo improvisaba como si el universo fuera a aplaudirme. Ahora lo miro venir y digo: “mira, yo te respeto, pero tú también vas a respetar mi capacidad de salir de aquí”.

Y mi esposo, bueno, él casi nunca puede acompañarme, pero está muy pendiente. Tan lindo, lo amo. Y también, si soy honesta, es como mi comité de seguridad emocional: me aterriza cuando mis “ocurrencias” empiezan a sonar como “plan maestro” y a verse (para él) como “todavía estás segura de que quieres hacer eso”.

Desde esa noche, mis planes apretados ya no son tan apretados. Más que nada porque ya entendí que no todo se trata de la aventura: también se trata de volver. De que la noche termine y tú sigas ahí, entera, con la misma cabeza (más el sueño normal de una persona civilizada).

Y tú, ¿has tenido alguna vez una experiencia de selfbondage que se te fue de las manos? ¿O un “plan brillante” que resultó no ser tan brillante? Cuéntamelo en los comentarios.  Te leo. 

Comentarios

  1. Que experiencia, imaginar que alguien te encontrará asi.

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  2. Que experiencia, de imaginar qe ualguien te encontrará así...

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  3. ¿Te imaginas? Esa fue una experiencia muy intensa, y vista en perspectiva, muy excitante jajaja. Gracias por visitar mi blog.

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  4. Vaya experiencia!!!
    Al final todo salió bien y fue muy emocionante!
    5 horas!!!
    Gracias por compartir la experiencia!
    Saludos!
    -EI-

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  5. Esa experiencia me hizo pensar mejor lo que yo creía que deseaba. Pero como mencionas en tu comentario, fue muy emocionante 😊

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  6. Hola buenas noches!
    Me encantan tus historias y tu blog
    También soy amante de las cuerdas y las mordazas<3
    Saludos!

    –CV

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  7. Yo vivi en un cuarto que rentaba una señora divorciada de como 50 años muy sabrosa a su edad piernuda y nalgona delisiosa
    Y yo sin saber qe le gustaba qe la amarraran
    Un dia la encontre en el pasillo rentaba varios cuartos pero estaban vacios solo yo vivia en uno llegando la encontre en el pasillo atada de piernas manos acon una mordaza de pañuelo en tanga y brasier
    Yo me emcanto verla asi pero me hize el tonto y le quite la mordaza y me dijo hay que pena que me veas asi pero me excita

    Yo le dije ala madura no se preocupe
    Cuando guste jugar yo le ayudo actuando de su secuestrador
    Le encanto ala vieja perversa
    Y en mis dias libres me metia asu cuarto y le cumplia sus fantasias ala vieja ninfomana yo encantado de poder amarrarla ala culona
    Exoeriencia fabulosa y por ese favor me ahorre 1 año de renta

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  8. Dos preguntas:

    ¿No te gustaría estar amarrada y amordazadas pero con botas largas? Para que me entiendas, digamos que tus tacos se convierten en botas rojas... sin plataforma, por supuesto y bien entalladas.

    ¿Has pensado que si alguien te amarra en hogtied, pero con los amarres mínimos, no te dolería ni tanto y lo gozarías mucho más?

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  9. Muy lindo relato 👏👏👏

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