Cómo unos tacones despertaban mi imaginación

Nunca fueron solo unos zapatos

Si me preguntaran cuál fue la primera prenda que hizo que mi imaginación diera un pequeño salto, no diría un vestido. Ni un liguero. Ni siquiera unas medias.

Diría unos tacones.

Y sé que suena exagerado, pero para mí los tacones fueron como un interruptor: de pronto me siento más traviesa y, de paso, más valiente. El mundo se vuelve mi escenario y yo camino atrevida, confiada… como si supiera exactamente lo que estoy haciendo. Sé que no, pero ustedes me entienden, ¿cierto?

La verdad, yo soy más de comodidad que de glamour en situaciones normales. Es en serio, porque no me van a negar que los tacones son máquinas medievales de tortura. Pero bueno… si es una ocasión especial, entonces sí: los tacones vienen, con lamento incluido… pero luciendo increíble. Ya saben: antes muerta que sencilla… aunque no pueda caminar mucho.

Mi primer recuerdo de una de esas ocasiones especiales fue en la fiesta de graduación de secundaria. Yo, en mi mente, era literalmente una actriz lista para la alfombra roja: tacones estratosféricos, luces, glamour, una entrada que mereciera aplausos y quizá hasta un canto épico de fondo.

PERO. No, claro que no. No me dejaron ir con los tacones estratosféricos que yo deseaba. Me dieron unos medio bajitos. MEDIO BAJITOS. Como si yo hubiera pedido un cohete y me entregaran una bicicleta con ganas de ser nave espacial.

Y yo ahí, celosa, con cara de ‘yo soy la protagonista’, viendo a mis amigas caminar con tacones altísimos como si la gravedad fuera solo una sugerencia. Caminaban en plan equilibrio de circo: una pierna delante, la otra detrás… y sujeta del universo para que no se derrumbara. Sus pasos decían: ‘hoy se demuestra quién manda’. Mientras yo, con mis medio bajitos, sentía que la gravedad me estaba haciendo bullying personal… y aun así me reía por dentro, porque sabía que mi imaginación ya estaba haciendo el trabajo que mis tacones no podían.

La siguiente oportunidad vino con la fiesta de la universidad. Tacones más altos, ego más alto todavía. Claro que me estaban matando, pero con estilo. Pero había algo más: no era solo cómo se veían, era cómo me hacían sentir.

Y lo siguiente fue la atención. Esa sensación de que no te quitan los ojos de encima. Yo no andaba buscando esa atención… bueno, sí andaba buscando. Vamos a quien engaño: me encantaba sentirme la protagonista de una escena de película, cuando en realidad solo estaba caminando por el pasillo.

Lo primero que cambió fue mi forma de caminar

La verdad: yo no aprendí a caminar con tacones, yo hice un trato con ellos. Ustedes me prestan el glamour y yo finjo que tengo control. Porque el primer rato es siempre el mismo show: apoyo mal, el tacón se acuerda de que es el enemigo, y yo avanzando a ritmo de “paso, paso… sobrevivo”. Y aun así, en algún punto—sin que yo lo notara—mi cuerpo empezó a entender el movimiento como si me estuvieran enseñando una coreografía secreta.

De pronto mis caderas se pusieron creativas. Yo no les pedí nada, pero ellas: “hola, venimos a hablar”. Y sin que yo lo buscara (en serio, no se rían), el movimiento empezó a sentirse como un idioma que solo se entiende cuando ya es tarde y estás usando tacones. No era para llamar la atención—bueno, sí—pero también era porque cada paso venía con una idea pegada, como si caminara con un “tenía que hacerlo”… en versión caminata.

Y no sé si era por el “qué dirán” o por cómo me sentía yo, pero era una mezcla rara y buena: esa certeza de que mi cuerpo podía cambiar el aire del lugar. Lo notaba la gente, lo notaba yo… y me gustaba el efecto. Me gustaba el impacto (con todo y que mis pies sufrían un poquito).

Después cambió mi imaginación

La transformación no fue “de la noche a la mañana”, fue más como cuando una idea se queda atorada en la cabeza… y luego encuentra una forma de salir.

Porque mientras yo caminaba, mi mente empezó a abrir puertas: inventar escenas que no pedían crudeza para sentirse verdaderas, escenas que se sostenían por la emoción, por la atmósfera, por esa sensación que no se puede describir del todo pero se reconoce en el pecho.

Empezaba a dibujar caminos. No solo en el aire, también por dentro: rutas para ser yo de otra forma, para permitirle al deseo—si así le digo—aparecer sin gritar. Como si mi imaginación aprendiera a hablar en voz baja, pero constante.

Y a partir de cierto momento entendí algo con una claridad casi tierna: la fantasía no nacía de los tacones. Nacía de mí. Los tacones solo me daban el impulso para dejarla salir, esa que ya estaba esperándome.

lustración de Gaby, una mujer con blusa beige y minifalda marrón, de pie frente a un espejo con las manos en la cintura. Su reflejo, con la misma ropa y pose, sostiene unas cuerdas en una mano mientras le guiña un ojo, invitándola a jugar. En la cama desordenada al fondo se ven una camiseta rosa y calcetines blancos.
Los tacones solo fueron la puerta: el detonador que me hacía entrar en un cuarto mental donde las reglas son otras. Un lugar con un espejo que devuelve versiones de mí que solo existen cuando mi imaginación despierta. Allí la ropa deja de ser solo ropa para convertirse en un lenguaje. Y mi cuerpo deja de ser únicamente algo que se mira para convertirse en una herramienta para sentir, explorar, imaginar… y jugar.

Y sí, en ese cuarto aparece el deseo—como una sombra, como una emoción que acompaña sin empujar. Como cuando estás por abrir un libro y sientes esa electricidad antes de leer la primera línea. Algo se alinea. Algo me queda claro: hay una parte de mí que necesita dramatizar la vida para poder expresarse mejor.

Ahí apareció el corazón de todo, lo que a veces nadie quiere decir en voz alta: yo no buscaba solo tensión o estética. Buscaba emoción. Un tipo de juego que me recordaba que soy capaz de sentir mucho, incluso cuando lo cuento en voz baja.

Yo lo vivo así: como una transformación interior. Una especie de “ahora sí”. Ahora sí me permito pensar en escenarios que no necesariamente voy a actuar tal cual, pero que me dicen cosas. Me dicen qué me gusta. Qué me emociona. Qué me calma. Qué me enciende la curiosidad.

Después llegaron las demás prendas

Los tacones eventualmente necesitaron compañía, otras prendas que despertaran en mí las mismas emociones, incluso otras. Desconocidas. Fascinantes. De esas de las que no puedo escapar sin esfuerzo.

Así aparecieron las medias, y casi inmediatamente los ligueros. Llegaron como una evolución natural de la misma idea, agregando textura y atmósfera, completando el ritual de vestirme, presentarme, prepararme para las emociones, esas que me atrapan y no me dejan ir tan fácilmente.

Luego las botas. Sí, también forman parte de mi mundo. Ellas simplemente estaban esperando su turno para entrar en mi historia. Con carácter. Añadiendo un toque de autoridad a mi vestuario.

Y el corsé… el corsé es una prenda especial. La quiero mucho, pero casi no la uso. A veces se siente como un abrazo; otras, como una jaula. En ambos casos, cumple su función de moldear mi ilusión y mi figura, y también de enseñarme a respirar de otra manera. Me obliga a estar presente.

Y sí: no puedo fingir que todo esto no roza lo sexual. Con mis fantasías de cuerdas, mordazas, ataduras, bondage o selfbondage ocurre lo mismo. Pero yo lo vivo desde otro lugar: con cuidado, con sensaciones, con símbolos. No se trata solo de reducirlo todo a “excitar”, sino de escuchar qué significa para mí cada parte del juego. Una prenda puede ser estética, puede ser límites, puede ser una historia que se siente antes de explicarse.

Y así, sin darme cuenta, mi armario se había convertido en mi cómplice silencioso. Las prendas que elegía no eran solo ropa: eran el preludio perfecto para una sesión de ataduras, el lenguaje que usaba mi cuerpo para contarle a mi mente lo que estaba a punto de vivir.

Descubrí que cada prenda contaba una historia distinta

¿Sabes? En algún momento dejé de acumular prendas y comencé a atesorar historias.

Porque, si lo piensas, una superheroína necesita un traje.

Una damisela en apuros necesita un vestido.

Una villana necesita unas botas (sí, también soy una villana… a veces).

Y una Gaby universitaria necesita unos calcetines blancos enormes y una camiseta rosa gigante.

Cada prenda le dice al cerebro: "Hoy vamos a jugar a esta historia."

Los tacones me hacían sentir… no “sexo”, sino intención, presencia.

Las botas me hacían imaginar…no “escenas”, sino movimiento, carácter y firmeza.

El corsé me hacía recordar… que la forma puede ser una manera de cuidarme, de contenerme, de recordarme que estoy presente (y también esa sensación de “ahora sí”).

Las medias me daban… esa atmósfera de detalle y de juego, como quien está a punto de empezar un capítulo secreto.

Y el liguero—bueno—me recordaba que la historia también puede estar hecha de guiños, no solo de fuerza.

Al final, cada objeto tenía un significado emocional, aunque en el mundo exterior se viera como “otra cosa”. Lo que me importaba no era si alguien entendía el código completo. Lo que me importaba era lo que yo lograba conmigo: ese cambio interior que pasa cuando eliges una estética y la conviertes en narrativa.

Hoy sigo poniéndome tacones…

…pero ya sé que nunca fueron ellos los responsables.

Ellos solo eran el anuncio. La señal. La excusa linda para que mi imaginación despertara como quien se estira en la cama y dice: “ahora sí, despierto”.

Lo admito: me gusta cómo me cambia el cuerpo. Me gusta cómo se siente el equilibrio, cómo se acomoda la postura, cómo el movimiento se vuelve consciente. Me gusta que el mundo reaccione (aunque yo no necesite aprobación para existir). Y me gusta, sobre todo, que las prendas me ayuden a ponerle voz a emociones que, antes, se quedaban guardadas.

Hoy todavía me pongo tacones de vez en cuando. A veces duran una tarde. A veces apenas unos minutos antes de que mis pies empiecen a protestar. Pero ya no los miro igual.

Durante mucho tiempo pensé que eran ellos quienes abrían aquella puerta. Hoy sé que la puerta siempre estuvo abierta. Los tacones solo tenían la costumbre de recordármelo.

La imaginación siempre estuvo ahí. Solo esperaba encontrar una excusa para salir del closet.

(y no, no me refiero a ese closet. Aunque, conociéndome, tampoco descartaría esa posibilidad...)

Los tacones nunca cambiaron quién era. Solo me ayudaron a reconocer una parte de mí que llevaba demasiado tiempo esperando frente al espejo.

Ahora, cada vez que paso frente a un espejo, sonrío un poquito. No porque espere ver a otra Gaby devolviéndome el guiño (aunque, conociéndome, nunca se sabe). Sonrío porque ya entendí que todas esas versiones siempre fueron parte de mí. Algunas más tímidas. Otras más teatrales. Algunas mucho más sensatas... y otras claramente necesitaban supervisión adulta. Pero todas, de una forma u otra, me ayudaron a descubrir quién soy.

Y ahora te toca a ti: ¿Qué historia te cuenta tu cuerpo cuando te arreglas? ¿O qué prenda te ayuda a meterte en tu personaje favorito? Cuéntamelo en los comentarios. Me encanta conocer los pequeños rituales que usamos para despertar nuestra imaginación.

Comentarios

  1. Sí, bueno... a los hombres (la mayoría supongo...) nos gustan todo ese tipo de cosas que nos hacen desearlas más. Como bien mencionas, lo importante es disfrutarlo en pareja...y divertirse también!
    Saludos!
    -EI-

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  2. Tener el ánimo y la disposición de disfrutar el momento 😉

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  3. Hola de nuevo! Aquí pasando a saludar y esperando dar un poquito de ánimo para continuar con la entrada interesante del liguero... sería bueno conocer quizá la experiencia y opiniones, así como lo del corsét. Saludos!
    -EI-

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  4. Ciertamente todos sus comentarios animan mucho a seguir escribiendo. Gracias 😊

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  5. Pues no has honrado el título de tu miniartículo, preciosa... Has olvidado comentar algo: las BOTAS.

    ¿Podrías incluirlo? No hay castigo por ampliar tu artículo (y a la vez honrar su título).

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  6. ¿Por qué no aprobaste mi comentario?

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    1. Disculpa, es que me disperso con facilidad cuando estoy ocupada

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