Cómo le conté a mi pareja que me gustaban las cuerdas


Confesar un fetiche da mucho más miedo de lo que parece

Si alguien me pregunta si tengo algún fetiche, con toda seguridad mi respuesta sería algo muy parecido a esto: “¿Yo? Nooo, claro que no… para nada… en serio… No.” Sonrisa nerviosa y sonrojamiento automático incluidos.

Y eso que no mencioné el sudor frío, la taquicardia, el… bueno, todo eso.

Pero cuando se trata de contarle tu secreto más íntimo a tu pareja… Ay madre mía.

Sí, ya sé lo que están pensando (saben, tengo algo de bruja): que soy una dramática incorregible. Puede que tengas razón pero puedo apostar que quedó claro que, para mi, esa no es una situación muy de mi agrado.

Ilustración de Gaby sosteniendo una corbata mientras reúne el valor para hablar con su pareja sobre sus fantasías, en una cálida escena hogareña. 

Si llegaste hasta aquí porque estás intentando descubrir cómo contarle a tu pareja uno de esos secretos que hacen que quieras esconderte debajo de la cama... bienvenida. Yo también estuve ahí.

Y si solo llegaste porque te dio curiosidad saber cómo terminó semejante desastre... tampoco pienso dejarte con la intriga. Ponte cómodo y acompáñame un ratito.

En este post te cuento cómo le conté a mi pareja que me gustaban las cuerdas y cómo, después de muchas risas (y algún que otro susto), conseguimos encontrar nuestro equilibrio.

Porque hablar de fantasías con tu pareja puede dar mucho miedo... hasta que descubres que esa conversación también puede ser el comienzo de una aventura compartida.

El interruptor que no sabía que tenía

Viendo los eventos que les voy a contar en retrospectiva, me da por pensar que tal vez la gente de antes se refería a eso cuando hablaba de los “peligros” de ver televisión (¿peligros, o era otra cosa? Bueno, como sea…).

Una noche de esas en las que solo quieres pasar el rato en compañía, estaba con mi esposito viendo una película de espías que, a nivel de trama, parecía escrita por una tostadora: hombre y mujer, códigos secretos y miradas que dicen “esto es importante”, hasta que llega una escena en particular… y ahí mi cerebro decide hacer “actualización de software”.

Ambos espías caen en una trampa y terminan atrapados, atados a sendas sillas y vistiendo ambos solo ropa íntima (se los dije, la trama era malísima). Y pum: mi cabeza dijo: “Ah, mira, eso lo tenías guardado… sí… en una carpeta con nombre raro… y ahora estás abriendo esa carpeta a velocidad supersónica”.

O sea, ya lo intuía, pero no sabía que no me iba a dar tiempo ni de parpadear: pensé que el pensamiento iba a llegar con calma, como quien pide el menú; y no, llegó como paloma mensajera con esteroides, dejando migas de ideas por toda la sala.

¿A ustedes no les pasa que a veces se les mete una idea en la cabeza y no la pueden sacar de ahí de ninguna manera? ¿No? Bueno, a mi sí, y la única forma de sacarla es actuando.

Así que hice lo único razonable: me levanté rápido, fui a buscar una de sus corbatas (La más... eh... corbatera... ¿esa palabra existe?), y volví al sofá como quien trae “pruebas” importantes.

Yo, con cara totalmente inocente. Él, con cara de “esto no venía en el guion”.

—¿Qué?— fue lo único que atinó a preguntar.

Y yo, sin dar explicaciones (porque explicar sería admitir), me puse encima suyo con una sonrisa juguetona, como gata cazando… bueno, lo que fuera que yo creía que iba a atrapar. El problema era la física: el ratón—digo, él—era más grande que la gata. Y más pesado. Y definitivamente más fuerte.

—Estás loca.

En ese momento yo no estaba para obviedades así que seguí con mi misión imposible.

Tal vez se me pasó la mano con los detalles cinematográficos. O tal vez mi imaginación andaba trabajando horas extras poniendo decoraciones al asunto.

Pero lo cierto fue que el resultado fue opuesto al… no. Siendo sincera, el resultado fue el esperado: yo fui quien terminó atada, entre risas y efusivas demostraciones de afecto.

Lo que vino después fue inevitable (y yo no voy a arruinarlo con detalles): ¿para qué derrochar palabras si la imaginación de cada uno de ustedes ya lo completó?

La confesión (y su cara de "¿estoy con una loca?")

Cuando se calmó la cosa, yo me armé de valor y le confesé que lo que había pasado no era un juego pasajero. Que era una fantasía que llevaba conmigo años. Que quería compartirlo con él. Que quería que él participara. Que necesitaba que él me ayudara a explorarlo.

Al principio me pareció que el pensaba que yo estaba bromeando. Pero luego él se quedó callado.

Luego, con esa cara de caballero andante que tanto me derrite, me soltó algo que aun recuerdo claramente:

—Pero Gaby... así no se trata a una chica (que lindo, amo a mi esposito).

Y yo en lugar de ser empática, de comprender un poco lo que él estaba tratando de comunicarme, seguí adelante. Le dije que yo sí quería que me tratara así. Que eso no era nada malo. Que solo era una fantasia.

Él solo se quedó en silencio.

Siento que no me creyó. O no quería creerme. O pensó que era una fase. Hasta que empezó a atar cabos: la serie, la corbata, mis ojos brillando... y entonces entendió que iba en serio.

Su respuesta fue un "no" rotundo. Y yo, que soy una cabezota, en lugar de respetarlo, me empeñé en insistir. No era capaz de ver que mi insistencia era egoísta de mi parte.

El closet, el enfado y las lágrimas (sí, lloré)

Yo ya había comenzado esto. Y no tenía intenciones de parar.

Pensaba que con la confesión de mis gustos, lo peor ya había pasado. Y entonces llegó la noche del closet.

Una noche, él cedió a mi insistencia. Pero no por convencimiento, sino por agotamiento. Yo, emocionada, me puse mi mejor lencería, la que yo sabía que a él le gustaba, y él, con cara de estar haciendo algo que no quería hacer, me tomó del brazo y me metió en el closet.

Me ató. Me puso la mordaza. Cerró la puerta.

Y entonces, en la oscuridad, caí en cuenta de lo que había hecho. No sentí excitación. Sentí vergüenza. Y, sobre todo, sentí que lo había obligado. Que había presionado tanto a la persona que más quería en el mundo que había conseguido que hiciera algo contra su voluntad.

Él estaba al otro lado de la puerta. No podía verlo, pero lo sentía. De alguna forma. Tal vez esperando a que me arrepintiera, que le dijera que abandonaría mi locura y mi fascinación por las ataduras (tontito, ¿cómo pensaba mi esposito que iba a decirle eso amordazada como estaba?)

En serio, yo me sentí terrible dentro de ese closet, no por estar atada y amordazada ahi adentro, sino por haber hecho enojar a la persona que más amo en este mundo. No debí haberlo forzado para que me complaciera con esto del bondage (aun ahora, escribiendo esto, sigo sintiéndome un poquito mal por como lo traté).

Y en ese momento, dentro de ese closet, yo ya estaba vencida, decidida y lista a desistir de mis deseos por bondage. Sentí mis ojos un poquito aguados por lo triste que estaba por lo mal que yo me porté con él.

Entonces, la puerta se abrió.

El tsunami de perdones

Lo primero que vi con mis ojitos vidriosos fue su rostro. Su expresión. Y lo supe: él se sentía fatal por “hacerme” esto.

Él se sentía así por mi actitud infantil. Él no hizo nada malo. Yo lo obligué. Y eso me terminó de desmoronar.

Y se me escapó un sollozo. Y luego otro. Y luego el cerebro dijo: “Ok, pues tsunami entonces.” Así que empecé a llorar, pero llorar de verdad. Cero romanticismo. Cero glamour. Y cero dignidad… porque, ¿cómo demonios te limpias los mocos cuando estás atada? Exacto:  no se limpia. Solo se sobrevive.

Y si yo normalmente soy escandalosa, imagínense la versión completa.

Así que sí: en cuanto él tuvo la mínima oportunidad, se apresuró a quitar la mordaza de mi boca. Yo me quedé… no sé si en modo arrepentida o en modo “no me lo creo”, y mi cerebro solo supo hacer una cosa: pedir perdón: muchas, muchísimas veces. Como si acabara de cometer un delito grave… pero de los que se solucionan con una disculpa interminable.

A lo mejor fue mi imaginación (porque en esos momentos mi cerebro se dedica a producir escenas), pero juraría que por una fracción de segundo a él se le encendió el panel mental: “¿Para qué le quité la mordaza? ¡Error! ¡Corrección! ¿La vuelvo a poner?”

Y justo ahí su expresión se fue al modo “operación mantenimiento”: “No, no… mejor la dejo desahogarse… y ya.”

Como sea, yo seguí en mi carril de siempre: disculpa tras disculpa, con mi retahíla de perdón en bucle infinito.

Le pedí perdón mil veces. Por haberlo presionado, por no haber respetado sus tiempos, por haber puesto mis fantasías por encima de sus sentimientos. Él me consolaba, me decía que no pasaba nada, que él también tenía que aprender.

Y esa noche, entre lágrimas y abrazos, entendí algo: el amor no es solo compartir lo que te gusta… también es respetar lo que al otro no le gusta.

El equilibrio que encontramos (y que sigo cuidando)

Pasaron varios días sin mencionar el tema. Yo, avergonzada. Él, intentando demostrarme que no se había acabado el mundo.

Hasta que una noche, sin previo aviso, apareció con su corbata (sí, aquella… la corbatera, o como se llame) como quien muestra una herramienta, no una trampa. No hizo nada más. Se acercó, me lo mostró con calma y me dejó claro que podía decir que no. Y yo… bueno, ya saben cómo soy.

Yo entré en cortocircuito (debe haberme salido humo por las orejas, no lo sé). Así que hice lo que me pareció la salida más digna: me hice de rogar, por supuesto.

Me resistí, en serio (créanme, lo hice). No quería parecer obvia… pero hay una buena razón por la que no estoy en Hollywood: no engaño a nadie.

Y él me venció, otra vez. Pero esta vez a su manera: con paciencia, con cariño… y con esos acuerdos que convierten una idea impulsiva en algo compartido y cuidado.

Y así, sin que yo volviera a pedírselo, él empezó a "invitarme" a jugar. A su ritmo. A su manera. Y yo, obviamente, me seguía “resistiendo” (por aquello de no parecer demasiado entusiasmada, jajaja).

Ahora, él me da mi dosis de cuerdas cada cierto tiempo, a su manera. Y yo, que soy una mujer rendida, le dejo hacer. Y sí, he intentado atarlo a él, pero soy tan "mala" en eso que siempre termina escapando y, bueno, ya saben el final.

La lección que aprendí aquella noche en el closet es que esto no es una carrera. Es un camino de dos, y en el camino hay que parar, escuchar, y a veces, pedir perdón. El proceso no termina nunca, pero la comunicación, el respeto y la paciencia son las cuerdas que realmente nos mantienen unidos.

Discúlpenme si en algún momento de la narración me puse muy hollywoodense, o novelera, o melodramática, ya no sé. Pero es que así veo yo las cosas con estos ojitos exagerados míos.

Así que ya sabes: si te entra el impulso de soltar tu “confesión”, hazlo en modo humano, no en modo alarma de incendio. No lo presiones. Dale tiempo. Dale espacio. Y si te sale fatal… pues perdón, abrazo reparador y a seguir viviendo como adultos funcionales (más o menos).

¿Y tú? ¿Te has arrepentido de algo que contaste? ¿O te salió bien y te sorprendió? Cuéntamelo en comentarios.

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