Pandemia, lencería y bondage: la fantasía que no llegó al centro comercial

Cómo empezó la aventura

¡Hola!

Sí, ya sé que llevo tiempo sin escribir. Entre las obligaciones, la vida cotidiana y esa maravillosa capacidad que tengo para posponer las cosas, aquí estoy otra vez.

En el momento en que me senté a escribir no tenía muy claro que contarles. Y como no se me ocurría nada brillante sobre lo que escribir, puse a mi cerebro a desclasificar recuerdos de esos que no le contarías a nadie por temor a que se empiecen a alejar de ti con cuidado y sin perder contacto visual. Pero al final, me dije a mí misma “Bueno, Gaby, una vergüenza más no va a hacer mucha diferencia.

Esto ocurrió durante la pandemia. Fue una época dura, hasta trágica para muchos. Mis recuerdos no llegan en orden ni con música de fondo, pero sí con sensaciones muy claras: días largos, rutinas raras y una forma de sobrevivir que para mí tuvo mucho de estar en casa y mucho de inventarme excusas para no venirme abajo.

Aun así, en medio de todo, mi mente se puso creativa… y ahí es donde empieza mi vergüenza a aparecer.

Era aquella época extraña en la que los centros comerciales recién habían vuelto a abrir tímidamente, pero todavía era completamente normal ver a todo el mundo con tapabocas.

Yo estaba aburrida.

Mucho.

Y ya saben lo que ocurre cuando Gaby tiene demasiado tiempo libre y demasiada imaginación.

Se le ocurren ideas.

La gran idea

Mi esposo y yo intentábamos mantener cierta normalidad durante aquellos meses. Como muchas parejas, buscábamos maneras de hacer que los días no fueran todos iguales.

Y yo, naturalmente, cuando veo una oportunidad de complicarme la vida, me pongo creativa. Así fue como me convencí de que otra fantasía de bondage —sí, otra más— merecía salir al mundo.

La idea era sencilla.

Quería que mi esposito me acompañara al mall. Sí, en este punto yo también preguntaría lo mismo: ¿qué clase de fantasía de bondage es “vamos al mall”, exactamente?

Bueno, les explico. Yo quería ir con las manos atadas a la espalda. Y vestida solo con lencería negra, medias y tacones. Y, claro, un abrigo largo. No estoy loca.

Ah, se me olvidaba un detalle: amordazada también. Con una mordaza de bola.
Está bien, tal vez sí estoy un poquito loca.

Pero es que era la época de los tapabocas. ¿Qué podía salir mal?

Nada que nadie pudiera ver.

O eso pensaba.

La parte importante era simple: que fuera un secreto.

Mi cerebro ya lo había redactado como si fuera una escena de película:

Yo entrando al centro comercial, caminando tranquila, evaluando escaparates con seguridad… cero sospechas, cero preguntas, cero “¿qué estás haciendo?”.

Nadie sabría nada. Yo sonreiría. La vida seguiría.

Sencillo. Perfecto. Brillante.

Al menos para mí.

Mi esposo, en cambio, tenía cara de haber recibido el memo con el plan equivocado, el que presagiaba desastres.

A él no le atraía particularmente el bondage y probablemente tenía una idea bastante más realista de lo que significaba salir así que yo. Pero mi cerebro ya no andaba como para realismos en ese momento.

Y después de hablarlo mucho (Ok, luego de que yo hablara mucho), él aceptó acompañarme.

Y yo estaba encantada.

Preparándome para mi gran aventura

No puedo negar que al llegar el día elegido, un lunes, yo estaba algo nerviosa. No quería pensar mucho en ese tema.

Así que para distraer a mi cerebro, comencé a vestirme con la lencería, las medias y los tacones. Solo faltaba el abrigo.

Caminé al clóset para buscar uno largo, el clic de mis tacones resonaba especialmente ruidosos ese día en la habitación. Creo que tenía todos mis sentidos a flor de piel. Pasé frente al espejo y me vi vestida, o medio vestida, depende de la perspectiva.

Solo yo me vería así. Ok, mi esposito también. Nadie más me vería así. Pero… ¿Y si alguien lo hiciera? Aparté rápidamente la idea y fui a buscar el abrigo, suficientemente largo para mantener todo oculto.

Cuando terminé, volví a verme al espejo.

Me veía exactamente como quería. Elegante. Normal. Completamente inocente.

Y con un pequeño secreto que nadie más conocía.

Pero ¿Y si…?

En ese momento entró mi esposo, me miró y volvió a preguntarme si estaba segura.

—Sí.

Me lo preguntó otra vez.

—Sí.

Y una tercera vez.

—¡Que sí!

El interrogatorio hizo que me olvidara por un instante de mis preocupaciones. En ese momento estaba completamente convencida.

Mientras salíamos de la casa recordaba que yo había pensado en esto durante días.

Había imaginado la sensación de caminar por el centro comercial sabiendo que llevaba mi pequeño secreto debajo de la ropa.

Había imaginado los nervios. La emoción.

Había imaginado incluso cómo actuaría si alguien me miraba.

Lo que no había imaginado era lo que ocurriría cuando alguien realmente me mirara.

Ese pequeño detalle se me escapó.

El momento de la verdad

Llegamos al mall. Salvo una larga cola de carros en un lado del estacionamiento, el resto estaba casi vacío, “Mejor así”

Hasta ese momento estaba emocionadísima. Iba a convertirme, otra vez, en la protagonista de una película que yo misma había escrito.

Revisamos una última vez que todo estuviera bien. Y entonces: “Acción”. Y ahí empezaron los problemas ¿Podría llamarlos problemas logísticos? No sé, ustedes me dirán.

Mi plan, creo que ya se los había mencionado, incluía que yo estuviera con mis manos atadas a la espalda debajo del abrigo. Pero, ¿Cómo hacíamos eso si no me quería quitar el abrigo por razones obvias? Eso debimos haberlo hecho antes de salir de casa. Pero ya era algo tarde para eso.

Confieso que lo resolví mediante una postura corporal que probablemente no figura en ningún manual de anatomía.

Lo de la mordaza de bola fue más sencillo. Velocidad de Flash, tapabocas en su lugar e intentar que mi cabello salvaje colaborara tapando las correas.

Me bajé del carro. Vi como mi esposito cerraba la puerta de mi único refugio seguro en ese lugar. Y empecé a caminar.

Unos pasos tímidos con vergüenza. Sentía que el ruido de mis tacones se oía hasta en la luna. No pasó nada. Luego algunos pasos más, ya algo más confiada.

En mi cabeza seguía siendo una aventura fantástica… hasta que vi a la primera persona.

Estaba bastante lejos. No recuerdo exactamente a qué distancia, pero mi cerebro decidió que aproximadamente era… como que demasiado cerca de mí, lo suficiente como para declarar una emergencia nacional.

Hasta ese momento yo estaba emocionadísima. Entonces apareció una persona a lo lejos y mi cerebro hizo algo inesperado: apagó absolutamente todo. La fantasía, la emoción, el deseo, la valentía... todo. Solo quedó una pregunta: ‘¿Qué demonios estoy haciendo aquí?

La persona caminaba hacia el centro comercial. Yo la vi. La persona probablemente ni siquiera nos vio.

Pero mi cerebro inmediatamente comenzó:

¿Me estará mirando?

¿Se habrá dado cuenta?

¿Y si se da cuenta?

¿Y si alguien más se da cuenta?

¿Qué estoy haciendo?

Y entonces ocurrió algo muy poco heroico.

Me acobardé. Completamente. Gallina total.

Toda la seguridad que había tenido en casa desapareció en cuestión de segundos.

La fantasía seguía siendo excitante.

Pero la realidad...

La realidad era otra cosa.

Gaby camina hacia un centro comercial durante la pandemia, con abrigo, medias negras, tacones y tapabocas, mientras mira de reojo a otra persona.

Quinientos metros (o menos) de valentía

Tengo que reconocer que mi gran aventura duró bastante menos de lo que había planeado.

Di unos cuantos pasos más. Intenté convencerme de que estaba exagerando. Me dije que nadie sabía nada.

Que todo estaba perfectamente oculto. Que simplemente tenía que caminar como si nada.

Pero ya no podía dejar de pensar en ello.

Y luego ya no era una persona, eran dos, lo que en mi estado de nervios equivalía prácticamente a una multitud. Cada persona que aparecía a lo lejos parecía una potencial inspectora oficial de mi secreto.

Cada mirada imaginaria me parecía una evidencia.

Y finalmente pensé:

No.

No podía.

Di media vuelta.

Y regresé al carro. Rápido. La verdad no sabía que podía caminar tan rápido en tacones.

Mi gran aventura de bondage en el mall terminó antes de llegar al mall.

Ni siquiera entré. Ni una tienda. Ni un escaparate. Ni un café.

Nada.

Todo aquel esfuerzo para terminar regresando al mismo lugar del que había salido.
Cuando llegamos al carro, mi esposo probablemente tenía una expresión que decía muchas cosas al mismo tiempo.

Creo que intentó no reírse. No sé si era por simple empatía o porque mi cara sonrojada amenazaba con consecuencias imprevisibles si lo hacía.

Pero no lo culpo. Hoy. Hoy no lo culpo.

Porque la escena en mi cabeza era bastante absurda: tanto fastidiarlo para convencerlo de que me ayudara, tanta preparación, tanto… de todo.

Y finalmente había sido derrotada por... una persona caminando, lejos de nosotros, hacia el mall.

El camino de regreso

Me sentí decepcionada. Yo me veía a mí misma como una mujer más audaz y valiente. Pero resulta que tengo límites. Aunque eso ya lo sabía, ese día descubrí uno nuevo.

También descubrí, o mejor dicho, comprobé la diferencia entre una fantasía y la realidad, no en forma teórica sino en la práctica.

En mi imaginación, la situación era excitante porque yo tenía el control. Yo decidía cuándo empezaba. Yo decidía cómo ocurría. Y, sobre todo, podía detenerla cuando quisiera.

En cuanto salí del carro, la situación dejó de ser una fantasía controlada y se convirtió en algo real. De repente existían otras personas. Existían miradas. Existía la posibilidad de que alguien descubriera mi secreto.

Una cosa es que me guste imaginarme en una situación determinada... y otra muy diferente es querer vivirla realmente en público.

Porque una cosa es llevar una fantasía bastante lejos cuando estoy en un espacio privado, como en aquella habitación de hotel. Incluso, sé que puedo tolerar una situación todavía más intensa cuando sé que nadie está mirando, como en el maletero del coche.

Ah... pero que me vea un desconocido es otra historia.

No son necesariamente la misma cosa. Y creo que esa diferencia es importante.

Hay fantasías que son maravillosas precisamente porque permanecen en nuestra imaginación. No tienen que convertirse en realidad para ser divertidas.

Mi esposo todavía se acuerda

Y desde ese día, por supuesto, mi esposo no deja pasar la oportunidad de recordarme aquella aventura fallida.

Durante un tiempo, cada vez que yo hablaba de alguna nueva idea demasiado atrevida, bastaba con que me preguntara:

—¿Y esta vez vas a llegar hasta la puerta?

Muy gracioso. Todavía me lo recuerda.

Y lo peor es que tengo que admitir que me deja con la boca abierta, pensando, sin saber cómo responder.

Porque después de todo el entusiasmo, toda la preparación y todas las promesas... mi gran aventura terminó aproximadamente quinientos metros (seguramente menos, soy mala con eso de calcular distancias) antes del objetivo.

La aventura que nunca ocurrió

Así que no.

Nunca entré al mall.

Nunca recorrí sus tiendas.

Nunca nadie descubrió mi secreto.

No hubo persecuciones.

No hubo situaciones comprometedoras.

No hubo un gran desastre.

Solamente hubo una Gaby que salió de un carro convencida de que estaba preparada para una aventura y que, unos minutos después, decidió que quizá era mejor volver a casa.

Pero creo que, al final, sí viví una aventura ese día. Y hasta aprendí algo. Creo. Que cuando digo: “Esto va a ser divertido.” mi esposito debería preguntar inmediatamente:

“¿Y hasta dónde piensas llegar esta vez?”

La respuesta, por cierto, puede ser:

“Hasta quinientos metros.”

Y no pienso discutirlo. 

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