Cómo descubrí mi fascinación por las cuerdas

¿Cuándo empezó todo?

Aunque, más bien la pregunta debería ser: “Por qué el pensar en eso hace que aun me sonroje?”. En fin.

Hay preguntas que me hacen sonrojar… o sonreír, o emocionarme (… o todo eso a la vez, jajaja), porque ni yo misma sé responderlas del todo.

Por ejemplo...

¿Cuándo empezó todo esto?

O mejor dicho…

¿Cuándo fue exactamente que unas cuerdas dejaron de ser simplemente unas cuerdas y comenzaron a convertirse en protagonistas de mis fantasías?

Y si solo fueran las cuerdas, jajaja.

Las correas también causan el mismo efecto. Incluso esa odiosa cinta adhesiva gris (aunque no esté en mi lista de favoritos). Hasta un simple pañuelo me hace recordar el sonido amortiguado de mi voz intentando decir que me pica la nariz, jajaja.

Qué raro, yo divagando. ¿Cuál era la pregunta? Ah, sí...

¿Cuándo empezó realmente mi fascinación por las historias de damiselas en apuros?

Me encantaría decir que lo recuerdo perfectamente... pero ya se deben haber dado cuenta que mi mente tiene su agenda propia en cuanto al tema.

Batichica tuvo la culpa

Es en serio (y no, no es paranoia… es evidencia, jajaja).

Estoy casi convencida de que la responsable de todo esto fue Batichica (o Batgirl, como la conocen en inglés). Sigan leyendo y verán por qué lo digo.

Mis primeros recuerdos de esa fascinación por las cuerdas y las ataduras (sí, también las de “modo villanos”) vienen de una antiquísima serie de Batman. Incluso era en blanco y negro… y no, no es que yo sea tan “antigua”… es que esa serie ya era antigüedad avanzada cuando la vi por primera vez… en serio.

Al inicio, todo el mundo estaba ocupado con el drama de que Batman y Robin terminaban en manos de los malos. Pero ellos no fueron lo que me dejó pensando. (Aunque debo admitir que Robin atrapado siempre tenía vibra de “qué pena… pero qué mono”, lo cual no ayudaba).

Lo que de verdad capturó mi atención fueron los pocos capítulos en los que aparecía Batichica: la superheroína en apuros, enfrentándose a los villanos como si el guion dijera “a ver si puedes con esto”. Y ahí, cada vez que salía, yo pensaba: “ok… esto es parte del show, pero ¿por qué me llama tanto la atención?”

Batgirl (o Batichica, si te sientes en modo multiverso), al igual que Batman y Robin, también pasaba por esas situaciones típicas de la serie donde todo se complicaba—y, para mi cabeza curiosa, eso se quedó como una idea pegajosa.

Sí, ya sé que los malos de turno de la serie hacían un pésimo trabajo atando de pies y manos a Batichica. Yo siempre me ponía a gritarle a la televisión, cual fanática de fútbol en pleno partido, como cuando el balón no entra y tú sientes que con más gritos va a entrar: “Batichica, por favor… ¡mira que solo dieron una vueltita de cuerdas alrededor de tus muñecas! ¿Y esos nudos? Eso no es un nudo, es una sugerencia. Huye, tú puedes.”

Pero claro: mi consejo era para la tele. Y la tele no me hace caso a mí.

Luego, cuando me tocó a mí estar en sus mismos inescapables predicamentos (los de la serie, pero en versión real), entendí por qué nunca me parecía que yo fuera a escapar… en ese momento descubrí que no era que yo no supiera: era que el guion no me dejaba. Porque si Batichica escapaba, perdían el episodio. Y yo… bueno, yo solo estaba siguiendo la trama.

Porque si ella podía, yo también… pero entonces ¿cómo te explicas la culpa de Batichica? Exacto: el universo ya había decidido que yo no iba a escapar a tiempo.

Y, como si no tuviera suficiente con Batichica, apareció Wonder Woman (sí, en inglés; porque suena más lindo, ¿no te parece?).

Yo quería ser ella: de esos días en que te agarras el sueño y dices ‘voy a salir como Lynda Carter, con su trajecito, sus pantimedias y sus botas rojas (la heroína perfecta para hacer cosplay, claro).

La verdad es que no vi muchos capítulos donde Wonder Woman terminara atada… aunque más tarde me enteré de que, ¡sorpresa, sorpresa! esto no era porque no le gustara (bueno, yo la entiendo). En la serie de televisión las ataduras venían como con filtro de "modo familiar", así que casi no aparecían. Pero en los cómics de toda la vida (las ediciones viejitas)… ahí sí: el escritor dejó que la historia hiciera travesuras y la imaginación soltó la orden: "hoy toca nudo, cariño". No había número sin Wonder Woman atada, especialmente en la Isla de Temiscira.

Y desde entonces no se me quita la idea de una escapadita a la Isla de Temiscira… capaz y en las próximas vacaciones.

Ilustración de Gaby imaginando su primer traje de superheroína mientras recuerda el origen de sus fantasías de aventuras.

Años más tarde, Internet me mostró un mundo entero de fantasías de bondage donde aquella misma mezcla de aventura, heroínas y situaciones imposibles parecía cobrar vida. Ya verás por qué.

Cuando descubrí Internet

Nunca me llegué a disfrazar de Batichica o de Wonder Woman (aunque de vez en cuando me tienta retomar el tema, jajaja). Pero esa curiosidad inicial me llevó a buscar más información en el único lugar que en aquel entonces prometía tener todas las respuestas: Internet.

Y vaya si las tenía.

Al principio, lo que encontré fueron imágenes. Muchas imágenes. Mujeres atadas, en todo tipo de situaciones, con todo tipo de cuerdas y mordazas. … y mi cerebro haciendo ese ruido de “¿así que esto existe y yo no soy la única?”. Mi corazón se aceleraba, pero también—qué alivio—se me bajaba la vergüenza (aunque solo un poquito, la verdad).

Lo que realmente cambió mi vida no fueron las imágenes, sino descubrir que había más personas como yo. No solo contenido: también foros y comunidades de bondage, donde la gente hablaba de sus experiencias con naturalidad, sin convertirlo en un monstruo ni en un secreto maldito. Personas que contaban esto con la misma calma con la que yo hablaba de fútbol (ah, ¿no te había dicho que también me encanta el futbol?).

Fue entonces cuando entendí una lección importante: no era un bicho raro. No estaba sola.

Había todo un mundo ahí fuera, y yo acababa de encontrar mi lugar en él. Internet me abrió la puerta a un universo que ni siquiera sabía que existía. Y dentro de ese universo, encontré a tres mujeres (ok, ok, dos en realidad): de alguna manera, se convirtieron en mis compañeras de viaje.

Ay, no seas malpensado. Sigue leyendo y luego me cuentas tu versión, a ver si coincide.

Mis tres musas: Christina Carter, O-Girl y Sweet Gwendoline

En ese viaje por Internet, me topé con tres mujeres (… sí, ya sé, pero es que me gusta pensar que son tres). Cada una representa una parte de lo que soy y de lo que me gusta: la curiosidad, la estética y esa debilidad mía por las “superheroínas en apuros” que no saben escapar porque, claramente, el guion tiene planes.

Christina Carter fue la primera. En sus videos de fantasía de bondage, Christina era la que llegaba con esa vibra de “yo no solo aparezco: yo produzco el espectáculo”. Verla era como ver una versión adulta de mis fantasías…  pero con la elegancia y la seguridad de una mujer que sabe lo que quiere. Su “talento detrás del telón” era convertir cada escena en algo refinado, cautivante y claramente intencional. Y yo ahí, hipnotizada, pensando: “ok… una damisela en apuros también puede ser glamurosa y con actitud”.

Luego llegó O-Girl. Y si Batichica me había convencido de que el multiverso era real… aquí está mi prueba: O-Girl era mi “misión” versión adulta. Pero ojo: O-Girl no era “otra mujer”, era un personaje encarnado por Christina, una superheroína con muchísimo encanto. Si Christina traía el glamour, O-Girl traía su “superpoder”: su legendaria capacidad para terminar siempre atada y amordazada, y hacerlo con una elegancia y una seguridad que me fascinaban. Era como ver mis propios juegos de la infancia, pero en una pantalla. Verla me recordaba que la aventura y el peligro controlado podían ser emocionantes.

Y por último, pero no menos importante: Sweet Gwendoline. La abuela de todas nosotras, literalmente. Creada por el artista John Willie en la década de 1940, Gwendoline es la damisela en apuros por excelencia. Sus historietas me mostraron que esta fascinación no era una moda de ayer: tenía historia, tenía arte y tenía tradición. Encontrar a Sweet Gwendoline fue como descubrir que mi curiosidad venía con árbol genealógico—y que no estaba inventándome nada, solo llegando tarde a algo que ya existía.

Christina, O-Girl y Gwendoline: tres referentes muy distintos, pero que juntas me ayudaron a entender y aceptar una parte muy importante de mí misma. Y sí… mi mapa del tesoro tenía personajes. No solo ideas.

Mis primeras experiencias

¿Saben qué? Me acabo de dar cuenta de que este post está escrito como mis decisiones en una tienda de ropa: en desorden, pero con mucho entusiasmo. El orden cronológico hace rato que se fue a pasear. En fin: sigamos fingiendo que esto tiene orden.

Como muchas chicas curiosas (vamos, que no fui la única, jajaja) terminé experimentando con mis amigas (no se espanten: todo quedó en modo juego, de verdad, jajaja). Y un día terminamos jugando a inmovilizarnos unas a otras (qué casualidad que tuviese una cuerda a la mano… ¿cómo llegó ahí? jajaja).

La verdad, bromas aparte, solo eran juegos inocentes. Nada especialmente misterioso. Nada especialmente romántico. Solo juegos de adolescentes.

Mis amigas lo tomaban como juego, y yo también lo intentaba ver así (en serio, se los juro). Pero luego me di cuenta de que para mí no era solo “ay, qué apretado, jajaja”. Era interés genuino.

Después de esos días no volví a experimentar con las cuerdas por un tiempo. Hasta la universidad.

Por esos días desarrollé una gran habilidad para atarme a mi misma (cosa que me encanta y sigo practicando). Y con eso vino una sensación de urgencia que me empujaba a hacerlo con seguridad (obvio: no soy tan loquita así, jajaja). La idea siempre fue, y sigue siendo, disfrutar de la experiencia sin tener un accidente. ¿No les parece?

Y bueno, luego me gradué, y me metí de lleno en eso de jugar a ser adulta, con obligaciones y todo. Y ya no me quedaba mucho tiempo para las cuerdas. Hasta que entonces…

La llegada de mi esposito

Sip. Apareció el amor de mi vida. Mi esposito.

Todavía no sé si fue él quien me encontró a mí… o si fue mi imaginación la que terminó encontrándolo a él.

Y ojo: no fue dramón de película (Bueno, en realidad sí que lo fue… para mí al menos).

Él entró confiado. Yo entré… tú sabes: con esa personita adentro que mira una cuerda y piensa “esto sería una gran idea” (sí, me entiendo, jajaja).

Pobre hombre. Él nunca supo en lo que se estaba metiendo.

Me imagino que pensó: “esta mujer solo quiere romance”. Spoiler: yo también… pero con mis mañas y mi manera de hacer las cosas.

Aunque nunca lo he escuchado quejarse (… o será que siempre finjo sordera de forma magistral. Bueno, quien sabe).

Y tú, dime la verdad: ¿crees que Batichica fue la villana detrás de todo esto… o fue el universo que se puso creativo?

En tu caso, ¿qué serie o película te despertó la imaginación? Cuéntamelo en los comentarios y prometo juzgarte con cariño (y reírnos hasta que el café se enfríe).

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