Relatos de clóset

Yo intentando convencerlo de que las ataduras eran “totalmente normales”

Supongo que muchos de ustedes habrán leído relatos donde la gente “sale del clóset”. Bueno… ese no fue mi caso, no hubo salida. Hubo entrada. Y con puerta de por medio. Sí: me metieron en el clóset. Literal.

Y, aunque suene exagerado, lo más irónico es que yo misma había empezado todo con la misma energía de siempre: la de “yo estoy segura de que esto te va a encantar”.

Gaby con un negligé negro intentando convencer a su esposo en el dormitorio, mientras él permanece de espaldas con los brazos cruzados

Por esos días yo ya estaba intentando explicarle que lo mío con el bondage no era una ocurrencia pasajera.

Yo quería convencerlo de que me gustaban las ataduras. Totalmente normal, totalmente lógico, totalmente… “¿por qué pones esa cara?”. Pero él no me la ponía fácil.

¿Resultado? Que no se me quitó “la locura”. Al contrario: se me fue acumulando hasta que una noche hizo “boom”.

Plan romántico con sorpresa: terminó mal (o mejor dicho: terminó distinto)

Esa noche había planeado un gran momento. Mi lógica: cuando me pongo lencería, él monta un drama nivel telenovela. Así que yo entro por los ojos y a ver si el cerebro le sigue. Si no, al menos que se frustre tantito; mi alma merece algo de diversión.

Yo ya tenía las cuerdas escondidas “por si acaso”. Así que saqué las cuerdas y volví a tocar el tema, con mi mejor voz de “esto es inocente y tú me vas a decir que sí”.

Pero él siempre desviaba el tema. Hasta que de repente y sin previo aviso soltó el: “Ok. Con que quieres estar atada. Está bien.”

Y lo siguiente fue un cambio de guion. Se paró, me tomó del brazo con fuerza, me jaló hasta el clóset y me metió ahí. Rápido.

Él tomó las cuerdas y confieso que me distraje un segundo; cuando volví, ya estaba amarrada, tipo rodeo: cuatro patas en menos de 10 segundos.

Yo abrí la boca para protestar pero terminé amordazada con dos de sus corbatas. Así que, cero protestas.

"Te gusta estar atada, bueno, disfrútalo. Hasta mañana." Y acto seguido cerró la puerta del clóset y oí sus pasos saliendo de la habitación.

Yo me quedé en modo: “¿Esto ya pasó? ¿En qué minuto se fue todo al carajo? ¿Dónde está la escena romántica que me habían prometido?”

Cuando el clóset se convierte en cronómetro del drama

Dentro, el tiempo no avanzaba: se arrastraba. Y no ayudaba nada que el clóset, en vez de ser “un espacio para la fantasía”, se sintiera como la bodega oficial de las cosas que nadie usa… bolsas, maletas, zapatos.

Yo esperaba sentirme como protagonista, pero el clóset me puso en modo “equipaje”. Casi amontonada entre bolsas, maletas y zapatos que ya estaban ahí esperando su turno. Y entonces entró el olor a zapatos guardados… y todo eso junto, todo ese toque de realidad, aunque aún no sepa cómo explicarlo, resultó por un momento algo excitante.

Mi cabeza hizo un recorrido bastante absurdo: sorpresa, excitación, enojo y, finalmente, tristeza mezclada con vergüenza.

Y ahí también apareció una idea muy concreta, casi como una frase ensayada: pedir perdón, pedir perdón… por lo sucedido, por cómo empezó, por cómo yo no escuché como debía.

Esa secuencia fue la verdadera lección del clóset: que en la fantasía puede haber cosas que excitan… pero lo que manda es el cuidado, el ritmo y la forma.

Y sí: paradójicamente, esa mezcla—excitación, enojo, culpa, tristeza—fue lo que me hizo entender que el problema no era “lo que me gusta”. Ahí entendí algo que tardé más de lo que me gustaría admitir en entender: el problema no era lo que me gustaba. Era que yo había seguido empujando cuando él no estaba en el mismo lugar.

El acuerdo que nos dejó esa noche

La parte más importante para mí no fue “el momento”, sino lo que vino después: la calma. Él volvió con una expresión que yo interpreté como culpa y vergüenza, como sabiendo que fue brusco y que me metió en el clóset sin la “preparación previa” que yo esperaba (aunque yo también había empujado la idea).

Yo me terminé rompiendo pidiendo perdón, llorando y repitiendo perdón como si fuera un hechizo para deshacer lo que pasó.

Estaba en modo “perdón por si acaso, perdón por si suena mal, perdón por si exageré, perdón por haber existido”. Ya saben, ese tipo de disculpa que suena sincera… y al mismo tiempo hace que el otro piense “¿se puede pausar el audio?”.

Me desató y el tono se volvió otro: de urgencia y vergüenza a conversación y comprensión. Y ahí cambió todo. Ya no estábamos tratando de decidir si a mí me gustaban las cuerdas o si a él le gustaban. Estábamos hablando de cómo hacerlo para que los dos estuviéramos cómodos.

Aquella noche entendí que mi gusto no era una orden. Si quería compartirlo con él, tenía que aprender a hablarlo, no a convencerlo.

Aquella noche llegamos a un acuerdo: cuerdas sí, pero no todo el tiempo. O, al menos, eso fue lo que dejé que mi esposito creyera. Hay que darles alguna victoria de vez en cuando.

Es importante dejarlos pensar que son los que mandan alguna que otra vez... aunque no sea cierto.

Comentarios

  1. Muy buen relato! Me imagino aquel hogtied muy restrictivo y tu forcejeando.
    Quizá de a poquito le vas metiendo el gusto por tenerte asi a tu esposo... 😅😃
    Saludos!
    -EI-

    ResponderBorrar
  2. No lo creo. Él es todo un caballero. Solo lo hace porque sabe lo que viene después 😂

    ResponderBorrar

Publicar un comentario